La particularidad no era solo su presencia, sino su capacidad de mantenerse en un ambiente altamente radiactivo. Especialistas consultados sobre el tema, como el investigador del CONICET Sebastián Pelliza y el micólogo Francisco Kuhar, remarcaron que estos organismos cuentan con una enorme plasticidad genética, una característica que ayuda a explicar por qué los hongos han logrado adaptarse a ambientes muy distintos durante millones de años.
En este caso, la melanina aparece como una pieza clave. Además de otorgarles su color negro intenso, podría funcionar como una defensa frente a la radiación. Esa propiedad, por sí sola, ya vuelve al hongo de Chernóbil un objeto de estudio singular: un organismo capaz de prosperar donde para los humanos el riesgo es extremo.
La hipótesis de la radiosíntesis
El salto más llamativo llegó con investigaciones posteriores realizadas por un equipo del Albert Einstein College of Medicine, liderado por la radiofarmacóloga Ekaterina Dadachova y el inmunólogo Arturo Casadevall. Al exponer el hongo a radiación ionizante, observaron una resistencia fuera de lo común e incluso un mejor crecimiento bajo esas condiciones.
En 2008, Dadachova y Casadevall propusieron una idea que ganó notoriedad: la radiosíntesis. Según esta hipótesis, la melanina podría actuar como un transductor de energía, captando radiación ionizante —como los rayos gamma— y transformándola en energía química aprovechable por el hongo. La comparación inevitable es con la fotosíntesis, aunque en lugar de luz solar el recurso disponible sería la radiación.
Sin embargo, la cautela es central. En 2022, un equipo dirigido por el ingeniero Nils Averesch, de la Universidad de Stanford, advirtió que todavía no está demostrado que exista una radiosíntesis real ni que estos hongos obtengan energía de la radiación de ese modo. Por ahora, se trata de una hipótesis potente, pero no de una certeza cerrada.
Del reactor al espacio
El interés por Cladosporium sphaerospermum también llegó fuera de la Tierra. En 2022, un experimento llevó este hongo al exterior de la Estación Espacial Internacional para evaluar su comportamiento frente a la radiación cósmica. Los sensores ubicados debajo de la muestra detectaron que pasaba menos radiación cuando había hongo que en un control sin él.
El objetivo de esa prueba no era confirmar la radiosíntesis, sino explorar si este organismo podría servir como una forma de protección biológica en futuras misiones espaciales. La radiación es uno de los grandes desafíos para los viajes de larga duración, y cualquier material o sistema capaz de reducir su impacto despierta interés.
Mientras la ciencia busca respuestas, el hongo negro de Chernóbil funciona como recordatorio de algo fascinante: incluso en escenarios marcados por el desastre, la vida puede encontrar estrategias inesperadas para persistir.