La emoción fue inmediata. “Vi mi habitación y me largué a llorar”, confesó. Volver a ese espacio después de tantas décadas significó reencontrarse con una parte de su historia que permanecía intacta en su memoria.
La visita fue uno de los tres momentos que eligió como los más importantes de esta primera etapa. Otro ocurrió en Australia, cuando su papá llegó para reunirse con ellos y volver al lugar donde había comenzado la historia familiar. El tercero tuvo lugar en China, cuando sus hijos conocieron a su bisabuelo de 93 años.
“Para ellos fue muy emotivo saber que tienen a su bisabuelo. Y para mí también, que estando tanto tiempo afuera, me olvido de que tengo una gran familia acá”, contó.
Pero la aventura también implicó tomar decisiones importantes antes de salir de la Argentina. Para sostener un viaje de casi un año, Karina y su marido vendieron el auto, alquilaron su departamento y suspendieron todos los gastos fijos que pudieron. La preparación, según explicó, demandó cuatro años.
Durante la travesía manejan un presupuesto definido para alojamiento, comida y traslados. Los gastos extra dependen de cuánto generan trabajando a distancia. Por eso, aprovechan los destinos más económicos para ahorrar y compensar los lugares donde el costo de vida es más alto.
También buscan alternativas gratuitas para conocer cada ciudad. La idea, explicó Karina, no es limitarse a las atracciones turísticas, sino acercarse a la vida cotidiana de las personas que viven en cada lugar.
La educación de Simón, Benjamín y Teo fue otro de los puntos que debieron resolver antes de partir. Los chicos continúan sus estudios mediante un sistema internacional de homeschooling y clases online, con la guía de sus padres. Además, la familia considera que recorrer distintas culturas forma parte de un aprendizaje que va más allá de los contenidos escolares.
En Australia, por ejemplo, Karina quedó sorprendida por el cuidado de los espacios públicos y la responsabilidad social. La limpieza de los baños públicos y la disponibilidad de elementos básicos como papel y jabón le llamaron especialmente la atención.
La vida nómada también la llevó a revisar sus hábitos de consumo. Para viajar, redujo su equipaje al mínimo y se acostumbró a vivir con apenas dos pequeñas bolsas de ropa. Esa experiencia le hizo cuestionar la cantidad de objetos que acumulaba antes de partir.
“¿Cómo puede ser que tengo tantas cosas materiales al divino botón?”, reflexionó. Y fue contundente al describir el impacto que espera que tenga el viaje cuando regrese: “Definitivamente eso va a ser en mi vida un antes y un después”.
Eso no significa que no extrañe su vida en la Argentina. Entre las cosas que más echa de menos están el asado, las milanesas, los alfajores de maicena y los domingos en familia. Sin embargo, sabe que la aventura tiene una fecha de finalización y que, después de casi un año, volverán a sus rutinas.
El itinerario todavía incluye Corea, Marruecos, Egipto, Turquía y Sicilia. En algunos de esos destinos esperan encontrarse con otros integrantes de la familia y recorrer lugares vinculados con las antiguas civilizaciones que los chicos están estudiando.
A tres meses de haber partido, Karina Gao no solo acumula fotos y recuerdos de distintos rincones del mundo. También atraviesa una experiencia que la obligó a reencontrarse con sus raíces, compartir momentos irrepetibles con sus hijos y repensar qué cosas son realmente necesarias.