En cuanto a la limpieza, el vinagre no es la primera opción. Puede funcionar en superficies no porosas, pero es menos eficaz en materiales como madera o yeso, donde no penetra lo suficiente y puede dejar humedad residual que reactive el moho. En su lugar, en Alemania se aconseja usar alcohol etílico o isopropílico al 70-80%, que desnaturaliza las proteínas de las células del hongo, elimina las esporas y se evapora sin dejar restos de humedad. En superficies porosas dañadas, si la zona afectada es menor a 0,5 m², se puede raspar y reparar; si es mayor, se recomienda la intervención de profesionales para evitar que el hongo se propague durante el proceso.
También se insiste en protegerse durante la limpieza con guantes, gafas y mascarilla, ya que la inhalación de esporas puede generar irritación de vías respiratorias y reacciones alérgicas.
La prevención a largo plazo incluye mejorar el aislamiento térmico para evitar “puentes fríos” en las paredes, mantener los muebles separados al menos 5 cm de la superficie y, si es necesario, utilizar deshumidificadores en ambientes propensos.
Riesgos del moho para la salud
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El moho no solo es un problema estético o estructural. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la exposición prolongada a sus esporas puede generar:
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Irritación de ojos, nariz y garganta por contacto o inhalación.
Reacciones alérgicas como estornudos, congestión nasal y lagrimeo.
Empeoramiento del asma y de otras enfermedades respiratorias crónicas.
Infecciones pulmonares en personas con defensas bajas.
Dolores de cabeza y fatiga persistente en casos de exposición prolongada.
Los estudios indican que la cantidad y duración de la exposición son determinantes: pequeñas manchas tratadas a tiempo no suelen causar problemas, pero focos extensos o recurrentes pueden comprometer la salud y requerir intervención profesional.