*Este texto forma parte del newsletter "Diario de la Procrastinación", de la red de newsletters de A24.com. Si te interesa recibirlo podés suscribirte acá.
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Lunes
Pedro Mairal tiene un cuento buenísimo (iba a decir famosísimo, pero famoso es Flavio Mendoza). Se llama Hoy Temprano y lo pueden leer acá, pero básicamente arranca con un nene en la luneta trasera del auto y durante el viaje se convierte en un adulto (es mucho mejor leerlo que esta sinopsis).
El fin de semana fui a Bahía a ver a mi vieja. Fue un viaje muy triste, pero de alguna manera tuvo un significado especial porque fui en auto. Esos 650 kilómetros de ida y vuelta, con Sol y Benito en el auto también me hicieron bien.
En la ruta que hice miles de veces en diferentes momentos de mi vida, me aparecen miles de imágenes: una vez que vomité y dijeron que era por la mayonesa de un sandwich (pero yo sabía que no había sido la mayonesa), la vez que pinchamos una rueda antes de Olavarría, la voz de mi viejo haciendo chistes con alguno de los pueblitos o lugares que cruzamos (Paraje Frapal, La Tacuarita, Cacharí, Colonia Hinojo), chistes que yo ahora repito y que no tienen ningún sentido para Benito o para Sol. Es como si fueran chistes para el niño Diego que viaja atrás.
Martes
Hay un disco hermoso que grabaron en vivo Pedro Aznar y David Lebón. Siempre me gustó mucho Lebón y recomiendo ampliamente su último disco “Lebón y Co.”, con versiones de sus mejores canciones con otros artistas (es buenísima la que hacen con Eruca Sativa de Dos Edificios Dorados).
Pero en realidad voy a hablar de Aznar. En ese disco en vivo con Lebón hay una canción extraordinaria que se llama Fotos de Tokyo. En el corte final alguien tomó la sabia decisión de dejar los aplausos y de la ovación sobresalen dos personas que gritan “Bravo”. Son dos que en el momento tuvieron la lucidez de entender que habían escuchado algo realmente extraordinario (como Victor Hugo, cuando dijo "la jugada de todos los tiempos" en el gol de Maradona a los ingleses). Cada tanto pienso en esos dos que ovacionaron a Aznar: ¿Quiénes serán? ¿Se reconocerán cuando lo escuchan?
Miércoles
Deambulo por la ciudad y veo un cartel: Oficinas en alquiler.
Alguna vez me gustaría alquilarme una oficina y pasarme tres o cuatro horas todas las tardes ahí sin hacer nada. Tener una pava eléctrica, una heladerita tipo frigobar y una camita para dormir 30 o 40 minutos de siesta. Y no hacer nada. O sí, leer un rato todas las tardes, mirar algún partido de la Champions League o de la Primera C y rascarme olímpicamente los huevos. O mejor dicho, para no tener tanta presión ni exigencia, rascarme panamericanamente los huevos.
Incluso estoy dispuesto a dar una de esas notas que publica La Nación sobre emprendedores: “Alquiló una oficina al pedo pero la pasa bastante bien. Debe una tesis, nunca se recibió y pierde 10 lucas por mes en el alquiler de una oficina que no usa para nada. Pero dice que es relativamente feliz y que aprovechó la crisis para ocupar una de las 10 mil oficinas vacías que hay en la Capital. La idea es no hacer nada, leer un rato, boludear, estar en silencio, dice Diego Geddes, emprendedor, alpedista, ensayista de la nada”.
Mientras deambulo por la ciudad (tenía que ir a Farmacity a buscar unas cosas pero me equivoqué de sucursal) escribí mentalmente la nota entera sobre ese Diego que tiene otra vida.
Jueves
Familia numerosa: Benito a veces habla con un amigo imaginario, que se llama “Otro Benito”.
Una amiga me manda un mensaje: están mostrando una nota mía en una capacitación sobre género e igualdad como ejemplo de lo que NO hay que hacer.
Me cago de risa porque la trastienda de esa nota me exime de pecados, pero al mismo tiempo me rompe soberanamente las pelotas. Quizás esté bien así, una dosis justa entre responsabilidad y desparpajo.
Viernes
Mirá esto, me dice un amigo. Me manda una serie de textos reenviados por whatsapp. Algunas son frases sueltas, otros son textos un poco más largos. Están un poco desprolijos y sin edición, pero todos son oscuros y muy potentes. Tan oscuros son que yo le pregunto si los escribió Seba Rulli, una suerte de artista y performer platense que se suicidó hace poco.
Seba Rulli es este que vemos acá. tocando un tema muy lindo, vestido con una túnica blanca, en patas y con una pluma entre sus dedos, en un gesto que ya lo pone en otra dimensión. Seba parece un artista hermoso, pero su destino fue trágico: cuando se suicidó estuvo muerto una semana en su casa.
Pero vuelvo a mi amigo. Los textos que me mandaba no eran del suicida, sino de Alvarito, un vago con el que he compartido algunos asados y guitarreadas. Por momentos parece que todos nos reímos de Alvarito, pero a veces pareciera que es él el que se ríe de todos nosotros.
Cuando empiezo a hablar de Alvarito se me viene una canción muy pegadiza que compuso y que he cantado a los gritos más de una vez, estimulado por el fuego, la amistad y el vino, entonces le pido a mi amigo que me la tararee por whatsapp. Al toque me devuelve una versión improvisada y muy fresca con su guitarra y se me ocurre que hay que subirlo a YouTube, compartirlo. Alvarito tiene que quedar en algún lado, trascender.
Así que hoy me despido (no sé si alguna vez hablé así, rompiendo la cuarta pared) con el valsecito de protesta de Alvarito, un trovador de la nada que anda suelto por La Plata.