Con su espíritu altruista, creó la Asociación del Amor Divino, donde enseñaba a llevar una vida basada en la ayuda a los demás, especialmente a los más necesitados. En Venecia fundó un hospital para enfermos terminales, en el que acompañaban a los moribundos hasta el final de su vida.
Poco a poco, Cayetano se desprendió de todos sus bienes para dárselos a los más pobres. Estaba convencido de que la Iglesia debía tener como objetivo primordial renovar el espíritu y fortalecer la labor misionera de los sacerdotes.
A partir de su obra, en 1671, cuando ya habían pasado 124 años de su muerte, el papa Clemente X lo proclamó Santo de la Iglesia Católica, patrono del Pan y del Trabajo. Y por eso, cada 7 de agosto, los feligreses piden por “pan, paz y trabajo”, el día en que se conmemora su muerte, en 1547, en Nápoles.
La devoción en nuestro país se remonta a la época de la colonia. Cuenta la tradición que ante una devastadora sequía, un campesino se arrodilló frente al santo para pedirle por las cosechas y colocó en la mano de la imagen unas espigas de trigo, para que no olvide sus ruegos. A partir de ese entonces, la figura de San Cayetano quedó vinculada para siempre con las espigas, algo que solo sucede en Argentina, ya que en el mundo su imagen está solo asociada con la de un niño en brazos.