Opinión

Cortar el agua porque la canilla gotea: es inútil limitar exportaciones de carne para bajar precios

"Además de dar recursos para crecer, las exportaciones generan empleo, permiten lograr altos niveles de producción y exigen altos estándares de calidad", sostiene Diana Mondino.
Diana Mondino
por Diana Mondino |
Cortar el agua porque la canilla gotea
"Cortar el agua porque la canilla gotea", la metáfora elegida por Diana Mondino para explicar la inutilidad de cerrar exportaciones para  contener el precio interno de la carne.

Las recientes medidas de limitar el comercio exterior de carnes son equivalentes a cortar el agua porque una canilla gotea. Es sorprendente. No comentaré los motivos políticos, cada lector tiene ya su opinión. Me limitaré a comentar efectos diversos y porqué un intento (condenado al fracaso) de solucionar un pequeño problema afecta en gran medida a toda la economía.

Hace pocas semanas se definió que los frigoríficos deberían trocear la carne. Esto requiere inversiones por parte de frigoríficos y saca de juego a diversos actores de la cadena. Las carnicerías tendrán entonces parte de sus activos (cámaras) ociosas y se pierde una inversión valiosa. Es una medida con fuertes pros y contras. El justificativo es que entonces se podría aprovechar mejor los cortes, vendiendo los más caros donde tengan más demanda, de forma que la “integración” del animal sea mejor. Eso permitiría exportar los cortes de mayor valor vendiendo otros diferentes que se consumen en Argentina.

Sin embargo, la medida de impedir exportaciones va justamente en contra, ya que impide vender donde haya más demanda o mejor precio. Si esa carne se volcara al mercado interno, el productor cobraría menos que si se venden en mercados de alto poder adquisitivo ciertos cortes. Por lo tanto, no podrá vender más barato el resto de los cortes que sí se consumen en Argentina. Pueden pasar entonces dos cosas: se venden más caro los cortes que antes eran baratos, o se le paga menos al productor o… las dos cosas! Todos perdemos.

Tampoco tiene sentido limitar la carne que aquí no podemos consumir, porque destrozaría el mercado de los productos competitivos (pollo, cerdo, cordero, etc).

Desarrollar mercados lleva mucho tiempo y los compradores pueden optar por comprar a proveedores de otros países. Su carne ya es más cara que la nuestra a pesar de nuestra reputación de calidad. Si logran vender más y mejor es porque la confiabilidad de nuestro aprovisionamiento es baja.

Si las exportaciones de carne o cualquier otro alimento o producto fuera la causa de la inflación, los países que los producen también deberían tenerla y no es el caso. Brasil, Uruguay, Paraguay, Australia exportan mucha carne y no tienen inflación.

Otra forma de verlo es que el precio de la carne vacuna es caro, como también lo es el de las zapatillas, los tomates o una bicicleta. El punto es que el salario real es muy bajo. Lamentablemente es bajo por varias razones, íntimamente unidas.

La primera razón por la que el salario real es bajo es que la economía argentina tiene bajísima productividad. Además, hay enorme desempleo, y la combinación de ambos efectos es nefasta: si hubiera alta productividad se podría compensar al desempleado o contratar más gente. Pero con productividad tan baja no interesa o peor, no se puede.

La segunda razón es que el costo del capital es altísimo. No tiene sentido invertir recursos tan caros, con un costo de oportunidad muy alto, en una economía de baja productividad. Está bien, eso lo dije en jerigonza economicista. Traduzco: nadie invierte para ganar poco con alto riesgo y muchos disgustos si esos mismos recursos puede tenerlos líquidos en otro país o la propia Argentina. Al ser líquidos los puede dedicar a lo que quiera cada vez y no está atado a una sola actividad o inversión.

A estas razones debe unirse una notable carga fiscal. Cada producto que consumimos tiene una carga fiscal directa de 30% como mínimo, y mucha más carga indirecta. La gente que trabaja para producir paga impuestos al trabajo. Si los impuestos no existieran los precios serían mucho más bajos. Sin ir a ese extremo, con un sistema impositivo más ordenado y que no se pirámide (impuestos que se acumulan sobre otros) como el actual, los precios serían menores.

Las exportaciones agropecuarias están sujetas a riesgo climático y muchos otros más. A pesar de ellos son extremadamente competitivas. Sin embargo, como necesitan de la tierra, que no se puede ir del país, padece una cantidad de gravámenes inaudita. La creencia que ese capital no se agota nos lleva a enormes errores de política económica.

Las exportaciones de todo tipo deberían ser el objetivo obsesivo de la Argentina. Permiten generar empleo, lograr altos niveles de producción, exigen altos estándares de calidad y se pueden vender al mundo, en lugar de limitarnos a pocos habitantes que además tenemos poca capacidad de compra.

Las exportaciones nos dan los recursos para crecer y para poder importar los elementos que necesitamos para crecer. Adicionalmente el Gobierno necesita divisas para pagar la deuda originada en su gigantesco gasto.

Las exportaciones obligan a trazabilidad, competitividad, entender los movimientos globales, capacitar a los argentinos y sobre todo orientan la poca inversión pública o privada que hay. Los recursos deben dirigirse a donde son mejor aprovechados que justamente son aquellos que nos llevan a ser necesarios para el resto del mundo.

No se pueden limitar exportaciones porque la confianza del resto del mundo se evapora. Sorprende a todos que se corte el suministro de algo que no podemos absorber. Por un problema impositivo sobre los precios (el goteo) se corta el caño de agua (las exportaciones).

Ya mencioné varias razones por las que las exportaciones son vitales para el crecimiento de la economía. Falta una muy importante por la cual es un error limitar las exportaciones de carne. La ganadería genera muchísimo empleo y aprovecha tierras marginales que si no, perderían su valor agropecuario.

Según el último censo, hay 220.000 empresas agropecuarias, es decir hay por lo menos esa cantidad de familias que viven del campo, pero considerando múltiples dueños, sus empleados y proveedores y toda la cadena de valor, el lugar de residencia y mil factores más, son un factor decisivo en la sociedad y la cultura argentina. Si no lo fuera, ¿por qué tanto escándalo por un precio que al fin y al cabo apenas permite sobrevivir al productor?

Si alguien no cree que las exportaciones en general y el agro en particular son un gran motor de la economía, lo mismo vale la pena mantenerlas por el bien de los millones de habitantes del interior del país.

La autora es economista de la Universidad CEMA.

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