Opinión

La paradoja de los dólares: muchos por el agro, pero escasos por la desconfianza

"Se requiere exportar y ello exige un mercado cambiario de mayor libertad. Para que sea así, se necesita una moneda creíble y estable, lo que exige un plan económico y un férreo programa fiscal", afirma el autor.
Manuel Alvarado Ledesma
por Manuel Alvarado Ledesma |
Al término del 2021

Al término del 2021, el complejo granario habrá generado el 50% del total de las exportaciones argentinas.

La situación cambiaria es harto compleja. Hay un tipo de cambio pautado, en consecuencia el Banco Central debe cambiar dólares por pesos a una tasa dada. Por ello, debe recurrir a las reservas para intervenir el mercado, con la consiguiente pérdida de dólares.

Por la enorme desconfianza en la moneda nacional, la demanda de dinero local sigue en baja, en tanto la demanda por dólares aumenta día a día, y así se reducen las reservas. A fin de evitar una devaluación abrupta utiliza todo tipo de artilugios para acorralar el dólar.

La gente huye de la tenencia de pesos. Necesita reservar valor, y para ello no tiene una unidad local. Así, se dirige desesperadamente al dólar. La gente está atemorizada y ello induce a demandar dólares o retener mercadería. Nadie quiere tener pesos.

Un cálculo teórico basado en cifras históricas muestra que el retraso en el tipo de cambio gira en torno al 20%. El modelo de tipo de cambio real de equilibrio del Fondo Monetario Internacional (FMI) revela tal ratio.

Pero, la realidad es que el retraso es mucho mayor si se considera la desconfianza imperante por la situación externa. Y las expectativas echan leña sobre ésta. La escasa institucionalidad, las internas dentro de la coalición gobernante y la ausencia de un plan económico consistente son las tres patas donde se asienta la enorme desconfianza.

Lo paradójico de este siniestro cuadro es que la entrada de divisas se encuentra en un momento históricamente sobresaliente. Y tal fenómeno es responsabilidad del agro.

La entrada de divisas acumulada proveniente de la agroexportación, más precisamente de la agricultura extensiva, en los once meses de este año alcanzó la fabulosa cifra de algo más de 30 mil millones de dólares. Su aporte en términos de divisas, a lo largo de los primeros once meses, revela un aumento del 62,1 % con respecto al mismo período del año pasado y es récord absoluto desde comienzos de este siglo.

En este cuadro, una proyección establecería que, al finalizar el año, con el aporte del trigo y la cebada, habrá un ingreso total cercano a 32 mil millones de dólares. Este número se aproximaría al 50% del total de las exportaciones argentinas.

Para muestra, un botón: el complejo oleaginoso-cerealero, que incluye el biodiésel y sus derivados, durante el año pasado trajo al país el 48% del total exportado, según el INDEC.

Solo en el pasado mes de noviembre, el sector liquidó algo más de 2 mil millones de dólares, segunda marca histórica, para este siglo, en el mencionado mes. Y en octubre, liquidó casi 2,5 mil millones de dólares. Esta suma es récord para ese mes en las estadísticas desde comienzos de este siglo y en toda la serie histórica.

La liquidación de divisas resulta de la producción de granos, luego exportados sea en su mismo estado o como productos procesados industrialmente. Esta producción, como claramente ha sido demostrado, tiene un elevado agregado de valor tanto en los eslabones aguas arriba como aguas abajo.

Pese a la excelente performance de las exportaciones agrícolas, la realidad económica es cruda. Y los dólares escasean. En tanto siga vigente cualquier el cepo cambiario, la escasez de divisas será un problema, aún con el extraordinario aporte del agro. El control de cambios es una frágil herramienta para esconder la pérdida del valor del peso y para evitar que se plasme en todos los precios. Pero a la larga, el artilugio se descubre.

No hay otro camino para salir del pantano. Se requiere exportar y ello exige un mercado cambiario de mayor libertad. Claro que para que sea así, se necesita una moneda creíble y estable, lo que exige un plan económico y un férreo programa fiscal.

La pregunta, en tal caso, es: ¿están dadas las condiciones políticas para ello?

El autor es economista y Consejero académico de Libertad y Progreso

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