Sin embargo, el propio Francisco confesó en su libro Esperanza que había dejado de seguir los partidos desde los años ‘90. Su decisión de no ver televisión lo alejó de la actualidad futbolística, aunque siempre encontraba formas de mantenerse informado sobre su querido Ciclón. Se dice que en el Vaticano, un guardia suizo se encargaba de transmitirle los resultados del equipo.
El "efecto Francisco" en la historia azulgrana
El vínculo del Papa con San Lorenzo tuvo un impacto especial en 2014, cuando el club conquistó la Copa Libertadores por primera vez en su historia. Aunque no vio el partido, la noticia de la victoria llegó rápidamente a sus oídos y, según contaron allegados, se fue a dormir con la tranquilidad de haber visto cumplir un sueño de toda la hinchada. Poco después, una delegación del club viajó a Roma para presentarle el trofeo, en una imagen que quedó grabada en la historia de Boedo.
Una pasión que trasciende el tiempo
A pesar de su distanciamiento de los estadios y las transmisiones deportivas, Francisco nunca dejó de identificarse con San Lorenzo. En cada viaje, recibía camisetas azulgranas de hinchas y dirigentes, y siempre encontraba una forma de expresar su amor por el club.
"El amor por San Lorenzo forma parte de mi vida, de mi historia", solía decir. Más allá del fútbol, su pasión por el Ciclón fue un lazo con sus raíces, con su infancia en Buenos Aires y con los valores que lo acompañaron a lo largo de su vida. Hoy, su recuerdo queda grabado en la memoria azulgrana como el hincha más ilustre que llevó el nombre de San Lorenzo a cada rincón del mundo.