Por supuesto que queda el técnico de Boca en una situación débil si el plantel demanda de él una posición de protección ante nuevas tensiones.
En este potencial amotinamiento, el “tocan a uno, tocan a todos”, se divisa que la desconfianza se presume irreversible.
Habrá que detectar si el enojo es masivo, como indican algunos, o las demandas no son acompañadas por todos, como sospechan en el club. Eso dejaría expuesto a Tevez como el líder de una protesta que tiene como acompañantes a Wanchope Ábila (cuestionado), Buffarini (se va en junio), e Izquierdoz (llegaron Zambrano y ahora Rojo a disputarle su titularidad). En definitiva, queda por verse el verdadero acatamiento de la amenaza.
Otra cuestión, más de imaginario de tribuna, es la legitimidad de este reclamo en función de la apática producción contra Santos. El fútbol pareciera imponer derechos adquiridos desde los éxitos. Y esta potestad, en estos tiempos donde no alcanza con ser campeón local, pareciera estar solamente asignada a Tevez.
Da la sensación de que Riquelme gestiona como puede y no como quiere. Ello ocurrirá tal vez cuando pueda diseñar el plantel desde su gusto. Esto le llevará tiempo porque tampoco podrá plantearse un éxodo masivo. También quedará condicionado por las posibilidades económicas para incorporar. Y, sobre todo, el inicio de su gestión estará determinada por la presencia de Tevez, ese enemigo íntimo al que no querrán tirar al barranco. Riquelme no hará con Tevez lo que el club hizo con él. A los 37 años recién cumplidos, Carlos fue de los mejores de Boca mostrando un fuego sagrado que parecía apagado tras su vuelta de China. Sólo su rendimiento rescatará a Tevez, mirado de reojo por promover una tensión que le da a Boca una perspectiva de crisis permanente.