Ese River habitualmente intenso, de aprovechar los espacios con rapidez, se quedó sin tenencia con la salida de Nacho Fernández. El concepto de defenderse con la pelota es más aplicable a un jugador de las virtudes de Juanfer Quintero.
Los grandes equipos como River suelen tener esporádicamente este tipo de lapsus. Se recuerda aquella semifinal con Lanús en 2017 y esta final con consecuencias lapidarias. Aunque la diferencia es que el crecimiento de Flamengo no presagiaba el golpe del final.
Desde el dolor del día después, y cuando se repase el desarrollo, River no podrá creer de qué manera se le escapa esta copa. Disminuyó a su rival a tal punto de hacerlo sentir un equipo sin las luces que lo precedían.
De ninguna manera esto es un Waterloo de Napoleón. Este River ha jugado durante este año en un nivel aún superior a los momentos en los que se consagró. Nada para reprocharse. Todo para profundizar. Lo que no significa que no debamos puntualizar las fallas que provocaron la debacle final. Esto no le quita destaque a este inolvidable equipo.
Aún desde las necesidades por vender algunos futbolistas, este equipo tiene más por desarrollar desde la exigencia que imprime Gallardo. Este ciclo tendrá evolución hasta que al propio técnico se le ocurra terminarlo. River ya ha sabido reinventarse. Y seguirá haciéndolo hasta que Gallardo decida. En sus clásicos balances anuales, todo el mundo River rogará su continuidad para seguir sintiéndose orgulloso.