El segundo es que la Corte Suprema haga lugar a los planteos de la defensa de Cristina y ello impacte en el desarrollo del juicio retrasándolo.
El tercero es que la Corte acoja los agravios de alguno o de todos los imputados y el juicio completo sea declarado nulo. Porque, más allá de cualquier prejuicio, lo que la Corte tiene que resolver es si se violó el derecho de defensa en juicio. Los imputados no dicen solamente que no pudieron hacer pruebas, sino que en esas pruebas que se les negó producir los eximen de responsabilidad.
Sin embargo, pase lo que pase, es probable que el accionar de la Justicia sea cuestionado por una gran parte de la sociedad. Cada orilla de la grieta va a sostener su verdad. Es que, más allá del 80% de desconfianza ciudadana al Poder Judicial, el caso “Obra Pública” está envuelto un ecosistema demasiado brumoso. En la justicia argentina hay muchos casos similares a este, aunque no tan visibles. En la historia mundial también.
No me interesa hacer comparaciones. Sólo quiero dar un ejemplo de las consecuencias políticas que emergen de juicios sospechados. El 22 de diciembre de 1894, el oficial del ejército francés Alfred Dreyfus fue encarcelado, acusado de haber escrito una lista con documentos militares secretos del gobierno de Francia que estaba destinada a un capitán alemán.
La única prueba en la que se basaban los acusadores era que la caligrafía de la carta, que había sido encontrada en un tacho de basura, era similar a la de Dreyfus. Con un juicio lleno de sospechas por fraude, fue condenado culpable y confinado a una cárcel inhóspita.
Dos años después, un teniente francés reveló que el verdadero autor de esa lista era otro oficial francés. Sin embargo, insistieron con la condena contra Dreyfus. En 1898, cuatro años después, otro teniente coronel francés admitió haber falsificado documentos para implicar a Dreyfus. Ante este panorama se reabrió el caso judicial y en 1899 volvieron a declarar culpable a Dreyfus. Recién doce años después, en 1906, lo eximieron de todo cargo.
Emile Zola escribió el célebre “Yo acuso”, que está en la biblioteca de la gran mayoría de los periodistas que siguen casos judiciales, y encabezó la coalición ciudadana que deshizo la madeja tejida alrededor del caso.
Además de la absolución del acusado en 1906, ese juicio tan singular fue una fractura en la relación entre la Iglesia y el Estado en Francia y allanó el camino a muchos dirigentes políticos de la izquierda francesa.
Este caso, que está fuera de toda sospecha política nacional, ayuda a a resaltar la importancia judicial y también política del juicio a la ex presidenta.
Cualquiera sea el escenario es imprescindible que el resultado sea creíble porque en materia judicial no hay decisiones neutras. Todas tienen consecuencias y en diversos planos. El juicio a Cristina, en las condiciones señaladas, va a marcar un antes y un después.