Intento remarcar que sin el compromiso de jueces, fiscales, abogados y comentaristas, el juicio es un juego imposible porque nadie está dispuesto a dejarse convencer por la fuerza de los hechos, puesto que están encerrados en sus propias interpretaciones.
Si ese punto de partida no cambia, el martes pasado empezamos a desechar otra oportunidad de ensayar el experimento de aceptar y de practicar la vida política organizada en base a derechos.
Pero el debate del medioambiente judicial pasa por otro lado.
Muchas voces de la Justicia polemizan con el flamante candidato a la presidencia Alberto Fernández, quien afirma que en el futuro habrá que revisar las acciones de algunos magistrados. Más allá del impacto real de esas declaraciones y de su pertinencia, no deja de llamar la atención la “resistencia selectiva” de algunas voces a las críticas en el espacio público.
Los integrantes de la Justicia callaron o hablaron menos de lo necesario, antes y ahora, sobre hechos muchos más graves que van de los ataques al fiscal José María Campagnoli hasta el caso D’Alessio, pasando por las causas inventadas contra funcionarios judiciales, los traslados de jueces o los tejes y manejes de los concursos para cubrir vacantes claves en la estructura judicial.
Son precisamente esas situaciones las fuentes de descreimiento ciudadano sobre el aparato judicial.
Los jueces y fiscales deberían reaccionar colectivamente frente a indicadores tan poderosos como los de la semana pasada, cuando el simple pedido del expediente del juicio de la “Obra Pública” causó una conmoción ciudadana que mostró algunas singularidades que se explican solamente por la baja credibilidad de la Justicia.
Recordemos que el Procurador General Eduardo Casal le pidió a la Corte Suprema que no suspenda un juicio que, desde la perspectiva de la ley, la Corte no podía suspender. La Corte tuvo que emitir un comunicado explicando su decisión con tanto apuro que se coló un borrador. El juez Jorge Gorini que preside el juicio, inauguró una práctica saludable de explicar al gran público qué estaba pasando.
En fin, se trata de indicadores que señalan, como en la vida cotidiana, que cuando es necesario explicar tanto es porque la credibilidad es casi nula.