Casi ningún argentino reclama protección judicial para reparar ofensas a su honor. Los abusos en el fútbol son un ejemplo de lo fácil que es que cualquiera - incluso procesados por delitos graves- se siente en un estudio de televisión o frente a su computadora y arruine en minutos la trayectoria y el buen nombre de la ocasional víctima.








