Esta última máquina trituradora del honor - a propósito del caso Natacha Jaitt- demuestra que su protección, además de la vía judicial, es un desafío colectivo en dos sentidos.
En primer lugar porque las lesiones al honor cuentan con la complicidad estructural de la indiferencia social. En segundo término, porque los ciudadanos huyen del deber de hacerse cargo de lo que dicen. De hecho, Natacha Jaitt huyó de los tribunales en el preciso momento en que la justicia pidió su testimonio.
Los argentinos solemos hablar del otro sin conocerlo y sin ponernos en su lugar. También disfrutamos y hacemos alegorías del conventillo. Todo sin ningún costo. El límite real es el egoísmo: solo reaccionamos cuando el honor en juego es el nuestro.
¿Cuán berretas somos los argentinos?