Coronavirus

La emotiva carta de un investigador del Conicet que falleció por COVID

Ante de morir, Hugo Míguez escribió un conmovedor mensaje en el que detalló su internación y le agradeció al personal de salud.
Hugo Míguez era investigador del Conicet y murió el 30 de abril.

Hugo Míguez era investigador del Conicet y murió el 30 de abril.

Muchas veces resulta difícil imaginar qué pasa por la cabeza de aquellas personas que están internadas a causa del COVID-19. En muchas ocasiones, resulta complejo dimensionar realmente qué ocurre dentro de los hospitales, donde el caos es gigante, pero el amor y la necesidad de prolongar la vida es aún más grande.

Hugo Míguez, investigador del Conicet, docente y consultor en temas de adicciones, murió el 20 de abril pasado en la Ciudad de Buenos Aires debido al coronavirus que lo llevó a tener que pasar sus últimos días internado. Mientras estaba en el Hospital, minutos antes de ser trasladado a la sala de terapia intensiva, Míguez escribió una carta en su celular donde pidió “30 segundos lúcidos para poder evocar a los que quise sin que llegue a atraparme la melancolía”.

"Lunes 12 de abril. Hospital Italiano. Cama 1216... zona de trinchera", comienza precisando la carta que escribió el investigador, y sigue: “30 segundos. Busco dejar algo de lo aprendido en estos días de aislamiento, búsqueda de aire, revisión de sentido bajo la pandemia. Algo. Lo que pueda.”

En esta carta, que se convirtió en un testimonio de lo que está ocurriendo en los hospitales durante la pandemia, y la manera en la que los trabajadores de la salud acompañan a quienes atraviesan esta enfermedad, su autor, narró: “Mientras me enfermaba el Covid encontré algo en estas salas, en estos corredores, en la mirada de estas gentes. Una cultura. Un pathos. Una emocionalidad antigua. Comprometida. Algo yaciendo silente, a la par de la ciencia y la tecnología. Una cultura.”

Pero “¿Qué significa descubrir una cultura en el Hospital Italiano en medio de un ataque como este?”, se cuestionó Míguez y se respondió a sí mismo: "Mucho. Significa, contra lo que podría pensarse, que no es el resultado de muchísimas personas. Con roles marcados, tecnicaturas, profesiones, saberes, tecnologías, destrezas. No. No es sólo eso. Es una matriz acogedora, extraordinariamente cálida y vivificante.”

A continuación, el investigador del Conicet recordó que, ante el agravamiento de su cuadro, cayó “desmayado por la falta de aire y la desesperación” y se encontró “entrampado entre los muebles de la sala” y luego “unas manitas de enfermera tiraban de mí, Bibi.” "Braceando como pudo me alcanzó. Me abracé a ella y me di cuenta de que no estaba en un páramo sin vuelta atrás”, porque “cuando crees que ya perdiste todo escuchas el braceo enérgico de la que podría ser tu hija llegando hasta vos” y detalló que esas manos “me acostaron, me calmaron, me dieron su aire.”

Miguez, además, contó que llegó “dispuesto a evitar prolongaciones que arañen dos meses más de sobrevida a costa de desesperación” y habló de la labor y contención de los médicos que lo atendieron: “Bernardo y otros médicos me escucharon. Luego me pusieron una mano en el hombro y se hicieron cargo de mí. No tengo hermanos. Esto ha sido lo más próximo que he descubierto de esa relación. Me protegió. Llamó todos los días a mi hija que amo y la contuvo. Le explicó. La protegió.”

“Las manitas de Bibi, el desborde humanista y contenedor de Bernardo, la dulzura de la kinesióloga, la gente que te ayuda de todas las formas porque son una cultura que dice que sos valioso. Seguramente es cierto. Pero es porque te quieren desde lo más básicamente humano”, escribió Hugo para reconocer que cada paciente es atendido por sus médicos como lo que son: PERSONAS que atraviesan un momento de salud delicado y que, además de necesitar de la ciencia y la medicina, necesitan cariño.

Para finalizar, Hugo Adolfo Míguez, aclaró que no le preocupaba la forma en la que saliera de ese Hospital y además de repetir su pedido de “30 segundos lúcidos, agradeció: “Todavía no sé cómo saldré. Y no me preocupa tanto. Y dicho con humildad. En serio. Saldré con paz y con cariño. Está muy bien. Tengo 75 años. ¡Carpe diem para nosotros todavía! Con estos pensamientos rondando desde hace unos años, muchas veces, me pregunté cómo quería mi salida. Sólo quiero 30 segundos lúcidos. Para poder evocar a los que quise sin que llegue a atraparme la melancolía. Me iré bien. Este hospital y su gente estará también en esos 30 segundos. Gracias, gracias, gracias.”

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