Pero “¿Qué significa descubrir una cultura en el Hospital Italiano en medio de un ataque como este?”, se cuestionó Míguez y se respondió a sí mismo: "Mucho. Significa, contra lo que podría pensarse, que no es el resultado de muchísimas personas. Con roles marcados, tecnicaturas, profesiones, saberes, tecnologías, destrezas. No. No es sólo eso. Es una matriz acogedora, extraordinariamente cálida y vivificante.”
A continuación, el investigador del Conicet recordó que, ante el agravamiento de su cuadro, cayó “desmayado por la falta de aire y la desesperación” y se encontró “entrampado entre los muebles de la sala” y luego “unas manitas de enfermera tiraban de mí, Bibi.” "Braceando como pudo me alcanzó. Me abracé a ella y me di cuenta de que no estaba en un páramo sin vuelta atrás”, porque “cuando crees que ya perdiste todo escuchas el braceo enérgico de la que podría ser tu hija llegando hasta vos” y detalló que esas manos “me acostaron, me calmaron, me dieron su aire.”
Miguez, además, contó que llegó “dispuesto a evitar prolongaciones que arañen dos meses más de sobrevida a costa de desesperación” y habló de la labor y contención de los médicos que lo atendieron: “Bernardo y otros médicos me escucharon. Luego me pusieron una mano en el hombro y se hicieron cargo de mí. No tengo hermanos. Esto ha sido lo más próximo que he descubierto de esa relación. Me protegió. Llamó todos los días a mi hija que amo y la contuvo. Le explicó. La protegió.”
“Las manitas de Bibi, el desborde humanista y contenedor de Bernardo, la dulzura de la kinesióloga, la gente que te ayuda de todas las formas porque son una cultura que dice que sos valioso. Seguramente es cierto. Pero es porque te quieren desde lo más básicamente humano”, escribió Hugo para reconocer que cada paciente es atendido por sus médicos como lo que son: PERSONAS que atraviesan un momento de salud delicado y que, además de necesitar de la ciencia y la medicina, necesitan cariño.
Para finalizar, Hugo Adolfo Míguez, aclaró que no le preocupaba la forma en la que saliera de ese Hospital y además de repetir su pedido de “30 segundos lúcidos, agradeció: “Todavía no sé cómo saldré. Y no me preocupa tanto. Y dicho con humildad. En serio. Saldré con paz y con cariño. Está muy bien. Tengo 75 años. ¡Carpe diem para nosotros todavía! Con estos pensamientos rondando desde hace unos años, muchas veces, me pregunté cómo quería mi salida. Sólo quiero 30 segundos lúcidos. Para poder evocar a los que quise sin que llegue a atraparme la melancolía. Me iré bien. Este hospital y su gente estará también en esos 30 segundos. Gracias, gracias, gracias.”