Neuberger, particularmente, fue quien dio las primeras indicaciones para poder llevar a cabo un sorteo que, por primera vez en la historia, estaba conformado por 24 selecciones que se dividieron en seis grupos de cuatro equipos cada uno.
Los hechos que evidenciaron la desorganización
El primer indicio de desprolijidad, que llamó la atención de los presentes, fue la designación de las cabezas de grupo, una de las reglas que se instauró en ese momento.
Las cinco selecciones que obtuvieron ese lugar por su desempeño en el campo de juego fueron: España, que era el anfitrión, Italia, Alemania, Argentina y Brasil.
Como faltaba un país para completar los seis grupos, la FIFA designó a Inglaterra (por encima de Polonia y Bélgica) con el argumento de que era acreedor de una Copa del Mundo que ganó en 1966.
Una vez que se establecieron las -polémicas- cabezas de serie, se llevó a cabo el sorteo de las bolillas. De forma poco clara, Bélgica, que tenía que ir al grupo en el que estaban Brasil y Escocia, terminó en el de Argentina. Cuando le consultaron el motivo de este hecho a Blatter, que ya era abucheado, dio una explicación inentendible.
Luego de eso, la bolilla que pertenecía a Honduras, se atascó a la vista de todos y se partió a la mitad, hecho que provocó la risa de los presentes y acrecentó la incomodidad de los organizadores.
Ese mismo proceso se repitió dos veces más, lo que demostró que la organización había sido totalmente precaria.