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POLICIALES

Desgarrador relato de un testigo del crimen en la peluquería de Recoleta: "Le pedí que nos..."

En una sala cargada de tensión, recuerdos fragmentados y relatos estremecedores, el juicio por el crimen ocurrido en la peluquería “Verdini”, en el corazón de Recoleta, avanza con testimonios que reconstruyen una escena atravesada por el miedo, la violencia y señales previas que —según los testigos— no fueron ignoradas, pero sí subestimadas.

23 de abril de 2026 - 10:15
Desgarrador relato de un testigo del crimen en la peluquería de Recoleta: Le pedí que nos...

El pasado 15 de abril se desarrolló una nueva audiencia en el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N° 24, donde el principal acusado, Abel Guzmán, volvió a ocupar el banquillo. El estilista, detenido con prisión preventiva en el Complejo Penitenciario Federal N° 1 de Ezeiza, enfrenta cargos por el asesinato de su compañero de trabajo, Germán Medina, ocurrido en el interior del local ubicado sobre la calle Beruti al 3000.

Desde el inicio del debate oral, las declaraciones de quienes compartían el día a día en la peluquería comenzaron a delinear un clima laboral atravesado por conflictos latentes, discusiones frecuentes y una tensión que, con el paso del tiempo, parecía escalar sin control. A esto se sumaban prácticas cuestionadas dentro del local, como el uso de formol para tratamientos capilares, una sustancia cuyo empleo había sido reiteradamente desaconsejado por sus efectos nocivos.

“Había algo que no estaba bien”, coincidieron varios testigos al describir los días previos al hecho. Según sus relatos, Guzmán mostraba comportamientos erráticos, cambios de humor abruptos y una creciente sensación de malestar que, lejos de disiparse, se profundizaba con el correr de las semanas.

Uno de los testimonios más impactantes fue el del encargado del local, quien relató con precisión los momentos previos al ataque. Según explicó ante los jueces, ese día Guzmán le pidió que le realizara un corte de cabello al ras. Durante esa interacción, el acusado deslizó frases que, en retrospectiva, adquieren un peso inquietante. “Necesito paz mental”, le habría dicho, dejando entrever un estado emocional alterado.

El encargado también recordó una frase que, en ese momento, le resultó extraña, pero que luego cobraría un significado estremecedor. Cuando le ofreció invitarlo a tomar un café, Guzmán respondió: “Es el último café que me vas a pagar”. Esa declaración, lejos de ser interpretada como una amenaza directa, fue tomada como un comentario ambiguo, quizás producto de su estado anímico.

Sin embargo, lo que siguió fue una secuencia de hechos que transformó una jornada laboral en una tragedia. Según reconstruyeron los testigos, en un momento determinado Guzmán se aisló en un sector del local, permaneciendo en silencio durante varios minutos. Luego, retomó la interacción con sus compañeros, ofreciendo incluso salir a comprar bebidas, lo que no despertó sospechas inmediatas.

Pero la situación dio un giro abrupto cuando el acusado cerró las puertas del local y bajó las persianas, dejando a todos los presentes encerrados en el interior. Fue entonces cuando solicitó hablar con el dueño del establecimiento. De acuerdo al testimonio de Carlos Alberto Sorín, otro de los empleados presentes, la conversación comenzó con un tono aparentemente normal, pero rápidamente escaló.

“Vos tenés algo para decirme”, le habría dicho Guzmán al propietario. Ante la respuesta de que podían conversar al día siguiente, el acusado reaccionó con firmeza: “No, hoy vamos a hablar”. Acto seguido, sacó un arma de fuego y apuntó directamente, generando un clima de terror inmediato.

El encargado intentó intervenir para calmar la situación, pero fue rápidamente silenciado. “Quedate quieto porque te vuelo la cabeza”, le habría advertido Guzmán, dejando en claro que estaba dispuesto a llevar su amenaza hasta las últimas consecuencias.

Los segundos posteriores fueron descritos como caóticos. El acusado, visiblemente alterado, se dirigió al resto de los presentes con una frase que varios testigos recordaron con claridad: “No saben con quién se metieron”. Luego, sin mediar más palabras, apuntó contra Germán Medina y disparó directamente a su cabeza.

El impacto fue inmediato. La víctima cayó sin posibilidad de reacción, mientras sus compañeros, paralizados por el miedo, intentaban comprender lo que acababa de ocurrir. “Le pedí que no nos mate, que nos deje vivir”, declaró uno de los testigos, visiblemente afectado al recordar el momento. “Le rogaba por mí y por todos”, agregó.

La empleada de recepción, que también se encontraba en el lugar, aportó un dato clave: ese mismo día había presenciado una discusión entre Guzmán y Medina. Según su relato, no era la primera vez que ambos protagonizaban enfrentamientos. “Había tensión entre ellos desde hacía tiempo”, sostuvo, reforzando la hipótesis de un conflicto previo que pudo haber desencadenado el ataque.

A medida que avanzan las audiencias, el juicio comienza a reconstruir no solo el momento del crimen, sino también el contexto que lo rodeó. Las condiciones laborales, los vínculos entre los empleados y el estado psicológico del acusado se convierten en piezas fundamentales para entender lo ocurrido.

En ese sentido, la utilización de formol dentro del local también fue objeto de análisis. Varios testigos señalaron que Guzmán insistía en emplear esta sustancia para realizar alisados, pese a las advertencias sobre sus riesgos. Si bien este elemento no está directamente vinculado al crimen, sí contribuye a describir un entorno donde las normas parecían ser flexibles y los conflictos, difíciles de contener.

El traslado del acusado desde el penal de Ezeiza hasta la sala de audiencias se realiza bajo estrictas medidas de seguridad. Durante las jornadas, Guzmán se muestra mayormente en silencio, escuchando las declaraciones sin realizar intervenciones visibles. Su defensa, en tanto, busca poner el foco en su estado emocional al momento del hecho, una estrategia que podría ser clave en la definición del proceso.

Por su parte, la familia de la víctima sigue cada instancia con profundo dolor. Germán Medina, colorista del salón, era descrito por sus compañeros como una persona tranquila, dedicada a su trabajo y sin antecedentes de conflictos graves. Su muerte generó una fuerte conmoción no solo en el ámbito laboral, sino también en el barrio de Recoleta, donde el hecho tuvo un alto impacto mediático.

La peluquería “Verdini”, escenario del crimen, permanece como un símbolo de lo ocurrido. Un espacio cotidiano transformado en lugar de tragedia, donde las rutinas fueron abruptamente interrumpidas por un acto de violencia extrema.

A lo largo del juicio, los testimonios continúan aportando detalles que permiten reconstruir minuto a minuto lo sucedido. Cada declaración suma una pieza a un rompecabezas complejo, donde se entrelazan emociones, decisiones y circunstancias que derivaron en un desenlace fatal.

Mientras tanto, el tribunal deberá evaluar no solo las pruebas materiales y los relatos de los testigos, sino también el contexto general en el que se produjo el crimen. La posibilidad de que existieran señales previas, advertencias ignoradas o conflictos no resueltos forma parte del análisis que definirá la responsabilidad penal del acusado.

El caso, que sacudió a la opinión pública, expone además una problemática más amplia: la gestión de los conflictos en los entornos laborales y la importancia de detectar a tiempo situaciones de riesgo. En este sentido, la tragedia de Recoleta se convierte en un punto de reflexión sobre los límites que, cuando se cruzan, pueden derivar en consecuencias irreversibles.

Con el juicio en marcha, se espera que nuevas audiencias continúen arrojando luz sobre lo ocurrido. La reconstrucción de los hechos avanza, pero las preguntas persisten: ¿pudo haberse evitado? ¿Hubo señales que no fueron atendidas? ¿Qué llevó a Guzmán a tomar esa decisión?

Por ahora, las respuestas se construyen entre testimonios, silencios y recuerdos fragmentados. Lo cierto es que, más allá del veredicto que finalmente dicte la Justicia, el crimen en la peluquería de Recoleta ya dejó una marca imborrable en quienes lo vivieron y en una sociedad que intenta comprender cómo una jornada laboral terminó en tragedia.

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