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Salieron a la luz las últimas imágenes y los mensajes que envió Alejandro Salazar

La muerte de un joven anestesista en el corazón de Palermo sumó en los últimos días nuevos elementos que, lejos de cerrar el caso, profundizan las dudas sobre lo ocurrido puertas adentro de su departamento. La investigación avanza con cautela, sostenida por peritajes en curso, registros de cámaras de seguridad y una serie de mensajes que ahora se convierten en piezas centrales para intentar reconstruir sus últimas horas con vida.

24 de abril de 2026 - 11:13
Salieron a la luz las últimas imágenes y los mensajes que envió Alejandro Salazar

La muerte de un joven anestesista en el corazón de Palermo sumó en los últimos días nuevos elementos que, lejos de cerrar el caso, profundizan las dudas sobre lo ocurrido puertas adentro de su departamento. La investigación avanza con cautela, sostenida por peritajes en curso, registros de cámaras de seguridad y una serie de mensajes que ahora se convierten en piezas centrales para intentar reconstruir sus últimas horas con vida.

El protagonista de esta historia es Alejandro Salazar, de 31 años, un profesional de la salud que llevaba una rutina intensa entre hospitales, guardias y actividad física. Su fallecimiento, ocurrido en circunstancias que aún no logran ser esclarecidas del todo, abrió un expediente que combina elementos médicos, judiciales y personales, todos atravesados por una inquietante pregunta: qué ocurrió exactamente la noche previa a su muerte.

Las imágenes obtenidas de cámaras de seguridad marcaron un punto de inflexión en la investigación. Gracias a esos registros, los investigadores lograron reconstruir con notable precisión los movimientos del anestesista durante las horas previas al desenlace. El jueves 19 de febrero, a las 22.01, Salazar ingresó al edificio donde vivía, ubicado sobre la calle Juncal al 4600, en el barrio porteño de Palermo. Vestía ropa deportiva, llevaba consigo un sobre y no evidenciaba, al menos exteriormente, ninguna señal de angustia o alteración.

Ese detalle —el sobre— se convirtió rápidamente en uno de los puntos más enigmáticos del caso. Hasta el momento no se logró determinar con certeza qué contenía, ni cuál era su relevancia en la secuencia de hechos que se desencadenaría horas más tarde. Para los investigadores, se trata de un elemento que podría resultar clave para entender el contexto en el que se produjo su muerte.

De acuerdo a los datos recolectados en el expediente judicial, la jornada de Salazar había comenzado temprano. A las 08.05 se registró actividad en su teléfono celular, que lo ubicaba en la zona del Hospital Gutiérrez, uno de los centros médicos donde desarrollaba tareas profesionales. A lo largo del día, su rutina transcurrió con normalidad: consultas, intervenciones médicas y traslados entre distintos puntos de la ciudad.

Quienes lo conocían describen ese día como uno más dentro de su habitual dinámica laboral. No hubo reportes de conductas extrañas, conflictos ni situaciones fuera de lo común. Por la tarde, regresó a su domicilio y, como era habitual, volvió a salir para realizar actividad física. El entrenamiento formaba parte de su rutina diaria, una práctica que sostenía con disciplina.

Minutos antes de las 22, regresó a su departamento. Ese sería el último registro visual que se tiene de él con vida. Desde ese momento, no volvió a salir ni hubo señales externas que alertaran sobre una posible emergencia.

El silencio comenzó a generar preocupación al día siguiente. Salazar no se presentó a trabajar, algo que llamó la atención de colegas y superiores. Tampoco respondía mensajes ni llamadas. La ausencia, en alguien considerado responsable y comprometido con su profesión, encendió las primeras alarmas.

Con el correr de las horas, la inquietud se transformó en urgencia. Finalmente, fue hallado sin vida en su departamento. El cuerpo no presentaba signos visibles de violencia, lo que en un primer momento orientó la investigación hacia hipótesis vinculadas a causas médicas o consumo de sustancias.

La autopsia arrojó un dato concreto pero insuficiente para cerrar el caso: edema pulmonar. Este hallazgo, si bien explica el mecanismo fisiológico de la muerte, no permite determinar por sí solo el origen del cuadro. Por eso, el resultado de los estudios toxicológicos se volvió determinante, ya que podría revelar la presencia de sustancias que ayuden a comprender qué ocurrió en las horas finales.

En paralelo a la reconstrucción física de los hechos, los investigadores comenzaron a analizar el contenido del teléfono celular de la víctima. Allí apareció otro elemento clave: los últimos mensajes que intercambió con un amigo cercano.

En esa conversación, Salazar había coordinado un encuentro para esa misma noche. Sin embargo, minutos después decidió cancelarlo. “Me agarró el bajón, pero mal”, escribió en uno de los mensajes que ahora forman parte del expediente. La frase, breve pero contundente, abrió nuevas líneas de análisis.

Para los investigadores, ese mensaje puede interpretarse de múltiples maneras. Podría tratarse de un estado emocional pasajero, de un malestar físico o incluso de un indicio de algo más complejo, vinculado a su entorno personal o laboral. Lo cierto es que ambos habían acordado verse al día siguiente, encuentro que nunca llegó a concretarse.

La causa quedó en manos del fiscal Eduardo Cubría, quien lleva adelante la investigación principal. Bajo su órbita, se ordenaron diversas medidas de prueba: análisis toxicológicos, pericias sobre dispositivos electrónicos y relevamiento de cámaras adicionales en la zona.

Pero el caso no se desarrolla en un vacío. Existe una segunda investigación que corre en paralelo y que podría tener puntos de contacto. Se trata de una causa por presunta administración irregular de medicamentos en el Hospital Italiano, donde se investiga el desvío de sustancias anestésicas.

En ese expediente, a cargo del juez Javier Sánchez Sarmiento y el fiscal Lucio Herrera, figuran como imputados el anestesista Hernán Boveri y la médica residente Delfina Lanusse. Ambos están acusados de haber manipulado y desviado medicamentos de uso hospitalario, entre ellos propofol, una droga de alto poder sedante.

La posible conexión entre ambos casos es, por ahora, una hipótesis que los investigadores analizan con cautela. No hay confirmaciones oficiales, pero sí coincidencias que resultan, cuanto menos, llamativas. El entorno profesional, el tipo de sustancias involucradas y ciertos circuitos internos dentro del ámbito médico aparecen como puntos de contacto potenciales.

En ese contexto, la figura de Salazar adquiere una dimensión aún más compleja. ¿Fue su muerte un hecho aislado o podría estar vinculada a un entramado mayor? Esa es una de las preguntas que intenta responder la Justicia.

Mientras tanto, el expediente continúa en etapa de instrucción. Cada nueva prueba abre una puerta, pero también multiplica las incógnitas. El contenido del sobre que llevaba la noche de su muerte, las sustancias que podrían haber estado presentes en su organismo y los detalles de sus últimas horas dentro del departamento son piezas que todavía no encajan del todo.

La investigación se mueve entre certezas parciales y zonas grises. Hay una cronología clara hasta su ingreso al edificio, pero lo que ocurrió después permanece envuelto en incertidumbre. Sin testigos directos ni signos evidentes de violencia, el caso exige un trabajo minucioso de reconstrucción indirecta.

En paralelo, el impacto del hecho se siente en su entorno. Colegas, amigos y familiares siguen esperando respuestas, aferrados a la posibilidad de que las pericias en curso arrojen luz sobre un desenlace que, por ahora, permanece abierto.

El caso de Alejandro Salazar expone, una vez más, la fragilidad de las certezas cuando los hechos se desarrollan en la intimidad de un espacio cerrado, sin registros directos ni indicios contundentes. En ese terreno, cada dato cobra un valor crucial y cada silencio se vuelve significativo.

A medida que avanzan los días, la expectativa se concentra en los resultados toxicológicos y en el análisis integral de todas las pruebas recolectadas. Será ese conjunto de evidencias el que permita, eventualmente, reconstruir la secuencia completa y determinar responsabilidades, si las hubiera.

Por ahora, la muerte del joven anestesista sigue siendo un rompecabezas incompleto. Una historia atravesada por interrogantes, en la que cada pieza suma pero ninguna alcanza, aún, para cerrar el caso.

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