Alberto Fernández se paró en el medio, en la quinta de Olivos en una escena cuidadosamente montada. Los que lo acompañaban en el escenario estuvieron cuidadosamente seleccionados.
Alberto Fernández se paró en el medio, en la quinta de Olivos en una escena cuidadosamente montada. Los que lo acompañaban en el escenario estuvieron cuidadosamente seleccionados.
El fin de la grieta. Mostrar unidad frente a un enemigo externo. O como dijo Mario Negri, jefe de bloque de la oposición en Diputados: "El Presidente es el comandante de esta batalla porque así lo decidió el país”, dijo.
En la carta que se difundió después del discurso, Alberto insistió con el lenguaje bélico: "En ciertos momentos, las batallas parecerán difíciles de ganar. Pueden estar seguros que hoy el Estado argentino asume un compromiso: nada podrá debilitar nuestra lucha colectiva. Nada".
Alberto, como los reyes europeos, pasa a ser el centro de todo; el Estado representado en su figura y sin cuestionamientos, al menos en el medio de la batalla.
Eligió un tono moderado, lejos de cualquier dramatismo innecesario y lejos de cualquier exitismo: sabe que esto recién empieza y que lo que se viene va a ser todavía más duro.
Dijo que tienen todo calculado. Imposible saber si es así. Pero al menos lo dijo convencido, para llevar aunque sea un poco de tranquilidad. Hay un capitán arriba de un barco que sabe a donde nos lleva. El relato, al menos por un rato, funciona.
Hablando de cálculos. Hizo además una referencia a lo que había soñado para su mandato como presidente. Esto claramente nunca estuvo en los planes.
Los presentes, casi todos periodistas, aplaudieron. No es común que la prensa aplauda a un Presidente. No es común que aplaudamos a nadie.
Alberto inicia una nueva fase en su gobierno. No se sabe cómo va a seguir todo. Lo cierto es que la Argentina no volverá a ser la misma después de la pandemia del coronavirus. Y el gobierno de Alberto Fernández, tampoco.