“Para mí, en la Argentina, la cultura del trabajo no se rompió. Yo camino todos los días los barrios donde me toca trabajar y veo que la gente hace un esfuerzo descomunal por poder salir adelante. Lo que se rompió es la garantía de que, si vos te esforzabas, ibas a poder estar mejor. Eso es lo que tenemos que reconstruir”, dice María, que, a diario, conversa con activistas barriales, curas villeros, mujeres al frente de comedores y llegó a entablar una excelente relación, por ejemplo, con piqueteros como Juan Grabois.
Cuenta ella: “Tenemos un trabajo articulado con los movimientos sociales, lo cual no quiere decir que estemos siempre de acuerdo. Tenemos una mirada de que el Estado tiene que marcar un rumbo, pero que tiene que llamar a la construcción de las soluciones a todos los actores que son representativos de las dinámicas sociales sobre las que se trabaja. En ese sentido, los movimientos sociales son actores importantes, como lo son las iglesias, las organizaciones del tercer sector y también el sector privado, porque para darle una dinámica productiva necesitamos que esté sentado en la conversación".
"La verdad es que venimos teniendo experiencias de poder generar acuerdos. Muchas veces, cuando se dice esto, puede sonar ingenuo o inocente, pero, por ejemplo, para poner en marcha los procesos de integración urbana pudimos ponernos de acuerdo; la ley de economía social y popular salió con un consenso muy grande de todas las fuerzas políticas. Entonces, yo tengo una mirada de que es posible generar estos acuerdos. Por ejemplo, en 2018 salió la Ley del RENABAP, que es el Registro Nacional de Barrios Populares, gracias al trabajo conjunto de los movimientos sociales, la Iglesia y otros para registrar los barrios y generar un procedimiento para poder intervenir con políticas. Más bien que el consenso no significa que no haya discusiones ni diferencias, pero los problemas de la Argentina son muy estructurales y requieren visiones de largo plazo”, reflexiona.
Sus explicaciones podrían ser tomadas, por qué no, como parte de una estrategia competitiva con el kirchnerismo y la izquierda, que desarrollan sus propios movimientos sociales y son electoralmente competitivos con el oficialismo porteño. Sin embargo, las últimas elecciones la obligaron a tomar nota de un fenómeno que afectó tanto a Juntos por el Cambio como al Frente de Todos o el FIT: la movida “libertaria” de Javier Milei consiguió una considerable cantidad de votos en barriadas que, al menos desde Adelina D’Alessio de Viola en los 90, no venían sintonizando para nada con las doctrinas de Adam Smith.
Así lo ve Migliore, con calma y sin adjetivaciones rimbombantes: “El sector de Milei vino a representar –y hay que ver cómo evoluciona- ciertas demandas anti sistema. Es un llamado de atención a la política sobre las necesidades de la gente para resolver los problemas concretos. Hay una demanda desde la sociedad a la política muy fuerte para que podamos vivir bien y podamos cada uno desarrollar su propio proyecto de vida. La nota que se debe tomar es esa: cómo construir soluciones transformadoras desde la política”.
Advierte, sin embargo, que la norma en los conglomerados más pobres de la CABA no pasa por desmarcarse del sistema democrático ni por la violencia expresada estos días frente al Congreso Nacional, durante el tratamiento del pacto con el FMI. “Cualquier acto violento es repudiable”, remata, y reitera que, según su experiencia de todos los días, “el ánimo predominante pasa por salir en base a un esfuerzo monumental”.