Fue escrito por Guillermo Nielsen y Cecilia Todesca (como representantes económicos) y por Santiago Cafiero (como jefe de asesores de Alberto). Obviamente, tuvo el aval del candidato. Quizás el párrafo más fuerte del comunicado sea este:
"Tampoco existen coincidencias con las recomendaciones de política impulsadas por el FMI. Se trata, en ambos casos, de aproximaciones dogmáticas que no se ajustan a las condiciones objetivas actuales ni resuelven los principales problemas estructurales de la economía argentina". "Tampoco existen coincidencias con las recomendaciones de política impulsadas por el FMI. Se trata, en ambos casos, de aproximaciones dogmáticas que no se ajustan a las condiciones objetivas actuales ni resuelven los principales problemas estructurales de la economía argentina".
La traducción es: "Como ustedes FMI fracasaron junto a este gobierno, nosotros no tenemos por qué seguir sus políticas". El problema es que si el Fondo siente que no siguen sus políticas, no desembolsa los 5.400 millones de dólares que prometió mandar ahora, y todos los problemas se van a agravar todavía más.
El Fondo pide garantías. Alberto no se las da. No tiene por qué dárselas: no es su gobierno, no es su programa, no es su deuda, no es su ideología ni la de sus aliados.
El dilema es mayúsculo. Alberto no se quiere hacer cargo de ayudar con su palabra a que el FMI desembolse plata que financie la fuga de capitales. Y con el ancho falso no se puede frenar ninguna fuga. Pero si no colabora queda como golpista.
Del otro lado, Macri tiene su propio ancho falso. Es el presidente pero con las cartas devaluadas por las PASO. Aunque tiene el poder legal, no tiene el poder de fuego del ancho de espadas. Basta una orden suya para que toda la oposición, todos los gobernadores, todos los sindicatos salgan a vaciar esa decisión. Ni hablar de los empresarios.
Macri podría tomar medidas drásticas para frenar las corridas (ciertos controles de capital), refinanciar al Estado (poner retenciones) y ayudar a moderar la inflación (acuerdos de precios). No lo va a hacer porque no está en su ADN. Es su gobierno, es su programa, es su ideología ni la de sus aliados.
En medio de toda esta ensalada tenemos dos presidentes y no tenemos ninguno. Y otra vez vuelven a sobrevolar fantasmas de helicópteros, adelantamientos y otras recetas que siempre llevaron al fracaso. El momento exige madurez de la clase dirigente para ponerse de acuerdo. No parece ser un atributo que sobre en la dirigencia argentina.