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El presidente que no supo o no pudo resolver su lugar en la historia

por Stella Gárnica / a24.com | 09 de julio de 2019 - 11:45
El presidente que no supo o no pudo resolver su lugar en la historia

Quizá por las ironías del destino, el ex presidente Fernando De la Rúa dejó el mundo terrenal en una fecha patria, pero no será comparado con los próceres que marcaron la independencia, sino como el final de una etapa triste de las crisis económicas y políticas pendulares que marcaron la historia del país.

La grieta entre la clase política y la sociedad podría profundizarse 18 años después de aquel grito de “que se vayan todos” que se impuso en las calles en 2001 y el saludo final que hoy hace la clase política al ex presidente.

De la Rúa será recordado en el velatorio en el Congreso por su “trayectoria democrática” en el segundo partido más importante del sistema político argentino, la Unión Cívica Radical, en el cual, por su militancia moderada, llegó a los cargos que más puede aspirar un político: senador de la nación, jefe de Gobierno porteño y presidente.

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Carta_renuncia_de_la_Rua

De la Rúa, en el imaginario popular, es recordado por la forma en que se fue del poder durante la crisis que en los sucesos del 19 y 20 de diciembre del 2001 precipitó su salida anticipada de la Casa Rosada en helicóptero. Mientras, las calles de Buenos Aires y las principales ciudades del país ardían, en medio de la peor crisis de representación política, económica y social que atravesó Argentina. Con miles de personas -ahorristas de clase media que se sumaron al reclamo de trabajadores desocupados y de piqueteros- golpeando cacerolas, cortando calles y rutas y reclamando “que se vayan todos”.

La crisis fue de tal magnitud que el Congreso -que lo velará con todos los honores con la presencia del presidente Mauricio Macri- quedó a cargo de elegir un sucesor. Antes, había renunciado su vicepresidente Carlos Chacho Alvarez producto de la ruptura que desató en la Alianza gobernante (UCR-Frepaso) la reforma laboral que su Gobierno intentó aprobar, manchada por la corrupción de “la Banelco”. Lo terminaron sucediendo 5 presidentes en 10 días.

Nunca olvidaré aquellas coberturas periodísticas frenéticas para la Agencia Diarios y Noticias (DyN) saliendo por la Avenida Diagonal Sur y Perú, en medio de una brutal represión policial, gases lacrimógenos y balas de plomo a partir de la declaración del estado de sitio.

Aquel fatídico 20 de diciembre de 2001 terminó con la renuncia de De la Rúa a las 19:45, y lo siguieron 39 muertos y cientos de heridos por protestar contra el plan económico y el corralito de Domingo Cavallo, su entonces ministro de Economía.

Quedó grabada en la retina aquel día, la imagen del presidente De la Rúa yéndose en helicóptero desde la terraza de la Casa Rosada, minutos después de entregar -a través de un funcionario- su carta de renuncia, escrita de puño y letra, a los pocos periodistas acreditados que quedaron esa tarde-noche en la sede del Gobierno.

En aquella época, la Casa Rosada no tenía rejas, y las protestas y cacerolazos que tuvieron epicentro en la Plaza de Mayo, llegaron a golpear las mismísimas puertas de entrada de la sede de Gobierno. Por eso, la salida fue en helicóptero.

Pero el clima se venía gestando desde dos meses antes, a raíz del malestar social por el ajuste económico que afectaba a bancos, ahorristas de clase media, comercios, pymes, trabajadores y desocupados, sectores que pusieron en jaque a la primer Alianza que gobernó el país.

En las elecciones intermedias legislativas de octubre de 2001 el oficialismo perdió contra el voto “bronca” que se materializó en el voto en blanco, sacando más de un 30 por ciento.

El mensaje de la sociedad de entonces era: “Que se vayan todos”, y comenzaba a hacer mella en el sistema de representación en crisis por la falta de soluciones políticas y económicas.

Progresivamente, la imagen de De la Rúa comenzaba a desdibujarse: desde versiones sobre supuestos problemas de salud, a su paso por el programa de Marcelo Tinelli, perdido sobre el escenario.

Pero un acontecimiento previo fue casi premonitorio del desenlace: la Iglesia, con el entonces cardenal Jorge Bergoglio juntó a sectores de las Pymes, UIA, de la UCR y del peronismo encabezados por el entonces senador Eduardo Duhalde, y convocaron al Gobierno de De la Rúa a conformar una “mesa de diálogo” para buscar una salida a la crisis.

Pero De la Rúa, aquel 18 de diciembre, les respondió que no cambiaría de ministro de Economía y no daría marcha atrás con el corralito. Al contrario, ratificó su plan económico basado en el “blindaje” que Cavallo anunció del FMI, que nunca llegó.

Ese día, De la Rúa salió caminando los pocos metros que lo separaban de la Casa Rosada, abucheado, en medio de huevazos.

Las crónicas de la mañana siguiente, del 19 de diciembre, comenzaron con noticias sobre masivas protestas de piqueteros cortando la ruta 3 en el conurbano bonaerense (en ese proceso se destacó el posteriormente kirchnerista Luis D’Elía). Las Madres de Plaza de Mayo, con Hebe de Bonafini a la cabeza, realizaban su habitual ronda de los jueves alrededor de la Pirámide de Plaza de Mayo, cuando comenzó la represión y policías se las llevaban arrastrando, detenidas.

La situación de descontrol en las calles hacía temer lo peor, por lo que distintos medios extranjeros llamaban a las redacciones locales, azorados para saber qué estaba sucediendo.

Pero fue la declaración del estado de sitio que De la Rúa decretó tras más de 24 horas de protestas y represión lo que marcó un antes y un después de su llegada y salida del poder: significó romper definitivamente con el legado democrático al que se había aferrado su partido, la UCR, que siempre tuvo como emblema el retorno a la democracia y rechazó el estado de sitio.

Eso y lo que vino después, no se lo perdonó tampoco la dirigencia política en general, que lo terminó dejando solo, con su estado de sitio y su carta de despedida.

Hoy, parte de esa misma clase política lamenta la partida de De la Rúa y prefiere reivindicar su vocación democrática. Pero la realidad le jugó una mala pasada durante su corta estadía de dos años en la cumbre del poder que no supo o no pudo resolver.

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