Trends

El hongo negro de Chernóbil que intriga a la ciencia por su relación con la radiación

Fue detectado en uno de los entornos más contaminados del planeta y volvió a ganar interés por una hipótesis tan llamativa como abierta: que ciertos hongos puedan aprovechar la radiación y hasta servir como escudo en el espacio.

Banner Seguinos en google DESK
El hongo negro de Chernóbil que intriga a la ciencia por su relación con la radiación. (Imagen ilustrativa)
El hongo negro de Chernóbil que intriga a la ciencia por su relación con la radiación. (Imagen ilustrativa)

En Chernóbil, donde la explosión del reactor de la Unidad Cuatro dejó una de las zonas más contaminadas de la historia, la vida encontró una forma inesperada de abrirse paso. En el interior de edificios expuestos a niveles extremos de radiación, investigadores identificaron un hongo negro capaz de sobrevivir en condiciones que resultan hostiles para la mayoría de los organismos.

El protagonista de esta historia científica es Cladosporium sphaerospermum, una especie que no se parece a los hongos típicos de sombrero que suelen asociarse con bosques o humedad. Su rasgo más visible es el color oscuro, vinculado con una alta concentración de melanina, el mismo pigmento que en otros seres vivos cumple funciones de protección frente a la radiación solar.

Su presencia en Chernóbil despertó una pregunta que sigue generando interés: ¿puede un organismo no solo resistir la radiación, sino también obtener algún beneficio de ella? La respuesta todavía no está cerrada, pero el caso se convirtió en un tema recurrente para la ciencia, la exploración espacial y la conversación pública sobre los límites de la vida.

Un organismo extremo en un lugar extremo

El interés por estos hongos comenzó a tomar forma hacia fines de la década de 1990, cuando un equipo encabezado por la microbióloga Nelli Zhdanova, de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania, investigó qué tipos de vida podían encontrarse en el refugio construido alrededor del reactor destruido. En ese trabajo se registraron 37 especies de hongos, muchas de ellas oscuras y ricas en melanina. Entre las más destacadas apareció Cladosporium sphaerospermum.

La particularidad no era solo su presencia, sino su capacidad de mantenerse en un ambiente altamente radiactivo. Especialistas consultados sobre el tema, como el investigador del CONICET Sebastián Pelliza y el micólogo Francisco Kuhar, remarcaron que estos organismos cuentan con una enorme plasticidad genética, una característica que ayuda a explicar por qué los hongos han logrado adaptarse a ambientes muy distintos durante millones de años.

En este caso, la melanina aparece como una pieza clave. Además de otorgarles su color negro intenso, podría funcionar como una defensa frente a la radiación. Esa propiedad, por sí sola, ya vuelve al hongo de Chernóbil un objeto de estudio singular: un organismo capaz de prosperar donde para los humanos el riesgo es extremo.

La hipótesis de la radiosíntesis

El salto más llamativo llegó con investigaciones posteriores realizadas por un equipo del Albert Einstein College of Medicine, liderado por la radiofarmacóloga Ekaterina Dadachova y el inmunólogo Arturo Casadevall. Al exponer el hongo a radiación ionizante, observaron una resistencia fuera de lo común e incluso un mejor crecimiento bajo esas condiciones.

En 2008, Dadachova y Casadevall propusieron una idea que ganó notoriedad: la radiosíntesis. Según esta hipótesis, la melanina podría actuar como un transductor de energía, captando radiación ionizante —como los rayos gamma— y transformándola en energía química aprovechable por el hongo. La comparación inevitable es con la fotosíntesis, aunque en lugar de luz solar el recurso disponible sería la radiación.

Sin embargo, la cautela es central. En 2022, un equipo dirigido por el ingeniero Nils Averesch, de la Universidad de Stanford, advirtió que todavía no está demostrado que exista una radiosíntesis real ni que estos hongos obtengan energía de la radiación de ese modo. Por ahora, se trata de una hipótesis potente, pero no de una certeza cerrada.

Del reactor al espacio

El interés por Cladosporium sphaerospermum también llegó fuera de la Tierra. En 2022, un experimento llevó este hongo al exterior de la Estación Espacial Internacional para evaluar su comportamiento frente a la radiación cósmica. Los sensores ubicados debajo de la muestra detectaron que pasaba menos radiación cuando había hongo que en un control sin él.

El objetivo de esa prueba no era confirmar la radiosíntesis, sino explorar si este organismo podría servir como una forma de protección biológica en futuras misiones espaciales. La radiación es uno de los grandes desafíos para los viajes de larga duración, y cualquier material o sistema capaz de reducir su impacto despierta interés.

Mientras la ciencia busca respuestas, el hongo negro de Chernóbil funciona como recordatorio de algo fascinante: incluso en escenarios marcados por el desastre, la vida puede encontrar estrategias inesperadas para persistir.