Además, existen otros factores que aumentan el riesgo de desarrollar herpes zóster. Entre ellos se encuentran el avance de la edad, especialmente a partir de los 50 años, y la presencia de enfermedades inmunosupresoras, como el cáncer o el VIH, que pueden favorecer la reactivación del virus.
El herpes suele comenzar con molestias localizadas antes de que aparezcan las lesiones en la piel. Entre los síntomas más comunes se encuentran:
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Dolor, ardor o picazón en una zona específica del cuerpo
- Aparición de erupciones o ampollas agrupadas
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Sensibilidad cutánea al tacto
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Malestar general o cansancio
En muchos casos, las lesiones se distribuyen en forma de “banda” sobre un solo lado del cuerpo.
Cuándo puede ser más riesgoso el herpes zóster
En la mayoría de los casos, el herpes zóster evoluciona favorablemente y se resuelve en pocas semanas. Sin embargo, puede complicarse en personas mayores o con defensas bajas.
Una de las posibles secuelas es el dolor persistente en la zona afectada, incluso después de que desaparecen las lesiones, conocido como neuralgia postherpética.
Cómo se trata el herpes zóster
Actualmente, existen vacunas específicas contra el herpes zóster o culebrilla, como se la conoce a la enfermedad popularmente, que ayudan a reducir significativamente el riesgo de desarrollar la enfermedad y sus complicaciones. Su aplicación está especialmente recomendada para personas mayores de 50 años y para quienes presentan determinadas enfermedades crónicas o condiciones que afectan al sistema inmunológico.
Ante la aparición de los primeros síntomas o si se observa que la erupción se extiende más allá de lo habitual, se recomienda consultar de inmediato con un profesional de la salud para recibir un diagnóstico oportuno y evitar posibles complicaciones.