El impacto no quedó limitado a la zona cercana al volcán. La expulsión de más de 150 kilómetros cúbicos de tefra arrasó cultivos, afectó comunidades enteras y se relaciona con el llamado “año sin verano”, un período de alteraciones climáticas registrado entre 1815 y 1816.
También en Indonesia se ubica Krakatoa, cuya erupción más intensa ocurrió entre el 26 y el 27 de agosto de 1883. De acuerdo con datos citados por Oregon State University, el desastre dejó 36.417 muertos. En este caso, el mayor factor de destrucción no fue la lava, sino los tsunamis generados después de la explosión y el colapso del sistema volcánico.
Britannica señala que olas de más de 30 metros alcanzaron las costas de Java y Sumatra. Por eso, Krakatoa quedó asociado a una imagen particularmente devastadora: la del mar avanzando sobre comunidades costeras densamente expuestas.
Monte Pelée y Nevado del Ruiz: tragedias que marcaron el estudio del riesgo
El tercer caso es el del Monte Pelée, en Martinica. Su erupción del 8 de mayo de 1902 dejó alrededor de 29.000 víctimas fatales. Oregon State University registra 29.025 muertos, mientras que otras estimaciones se mueven entre 28.800 y 30.000.
La tragedia se explica por una corriente piroclástica que bajó a enorme velocidad y destruyó la ciudad de Saint-Pierre en cuestión de minutos. La rapidez del fenómeno dejó prácticamente sin margen de escape a la población y convirtió el caso en una referencia central para comprender el riesgo volcánico.
En cuarto lugar aparece el Nevado del Ruiz, en Colombia, por la erupción del 13 de noviembre de 1985, vinculada con la tragedia de Armero. Según la ficha de la Smithsonian Institution, los lahares provocaron más de 23.000 muertes, aunque balances iniciales del mismo programa ubicaron el total por encima de 25.000.
El proceso fue tan letal como complejo: el calor volcánico derritió nieve y hielo de la cumbre, generó flujos de lodo que avanzaron por distintos valles y terminó sepultando la ciudad. Hasta hoy, el caso es citado como el lahar más mortífero registrado y como un ejemplo clave de la relación entre amenaza natural y fallas en la prevención.
Unzen: el desastre japonés que completa el ranking
El quinto episodio corresponde al volcán Unzen, en Japón, en 1792. Aunque no siempre aparece entre los casos más recordados por el público general, los estudios estadísticos difundidos por la U.S. Geological Survey ubican su saldo en 14.524 fallecidos.
La Smithsonian Institution y la Oregon State University vinculan la catástrofe con una secuencia de actividad volcánica, colapso y tsunami. Esa combinación explica por qué el impacto humano fue tan alto y por qué Unzen quedó entre los desastres volcánicos más mortales de la historia.
En conjunto, estos cinco casos revelan una misma lección: el riesgo volcánico no se mide solo por la potencia de una erupción. Lo que ocurre alrededor —ciudades cercanas, costas vulnerables, hielo en las cumbres o falta de alertas eficaces— puede transformar un fenómeno natural en una tragedia histórica.