Ese proceso se conoce como contaminación cruzada: bacterias que estaban en un producto pasan a otro lugar a través de manos, tablas, cuchillos, recipientes o agua. En apariencia, el lavado parece una medida de limpieza, pero en la práctica puede ampliar el área de riesgo dentro de la cocina.
La especialista en ciencias de la alimentación Betty Feng señaló que enjuagar la carne no aporta un beneficio real antes de la cocción y que, en cambio, puede llevar bacterias a distintos objetos cercanos a la pileta. En la misma línea, la experta en nutrición Jennifer Quinlan explicó que el agua funciona como un medio de traslado para esos microorganismos.
La cocción, la medida clave para reducir riesgos
En lugar de lavar la carne, los especialistas recomiendan concentrarse en una cocción adecuada. El calor es el factor que permite eliminar bacterias que pueden estar presentes en alimentos crudos. De acuerdo con el material citado, alcanzar temperaturas elevadas, entre 100 y 150 grados centígrados, ayuda a destruir microorganismos durante la preparación.
Esto aplica tanto para carnes rojas como para pollo. En el caso del pollo, el riesgo suele preocupar especialmente por bacterias como la salmonella. Por eso, la indicación es no pasarlo por agua y asegurarse de que quede completamente cocido.
Con la carne roja ocurre algo similar: lavarla no reduce de manera efectiva la presencia de bacterias y puede favorecer que se dispersen. La cocción apropiada es la herramienta indicada para disminuir la posibilidad de exposición a microorganismos como E. coli.
Otros alimentos que no conviene lavar
La advertencia no se limita a la carne. Hay otros productos que muchas personas enjuagan por costumbre, pero que no siempre deberían pasar por agua antes de usarse.
Los huevos, por ejemplo, tienen una capa protectora natural en la cáscara. Lavarlos puede remover esa barrera y facilitar la entrada de contaminantes. La recomendación es manipularlos lo menos posible y utilizarlos directamente en la preparación.
Los champiñones son un caso distinto: el problema principal no es sanitario, sino de calidad. Como absorben agua con facilidad, lavarlos puede alterar su textura y su sabor. Para limpiarlos, se sugiere pasarles un paño húmedo en vez de sumergirlos o dejarlos bajo la canilla.
La conclusión de los especialistas es simple: no todo lo que parece más limpio es más seguro. En alimentos crudos como carnes y pollo, el agua puede jugar en contra. La clave está en evitar salpicaduras, mantener limpias las superficies de trabajo y cocinar bien cada producto.