Otro criterio relevante fue el llamado rebote de sueño. Cuando el descanso era interrumpido, los animales tendían a recuperar parte de ese tiempo más adelante. Ese patrón es importante porque sugiere que el sueño cumple una necesidad fisiológica: si se pierde, el organismo intenta compensarlo.
Dos fases de descanso y una etapa similar al REM
El experimento permitió identificar al menos dos tipos de reposo. Uno fue descripto como un estado de quietud más estable. El otro incluyó movimientos de los ojos y sacudidas musculares breves. Esa segunda fase fue comparada, con cautela, con el sueño REM de los vertebrados.
En humanos y otros vertebrados, REM es la sigla en inglés de movimientos oculares rápidos. Se trata de una etapa del sueño vinculada con una intensa actividad cerebral y con procesos que, en nuestra especie, se asocian frecuentemente a los sueños. Sin embargo, trasladar esa definición a una araña sería apresurado.
La comparación en este caso es conductual: se observan rasgos externos parecidos, no una confirmación de que ocurra lo mismo dentro del sistema nervioso. El estudio no midió actividad cerebral de los ejemplares, por lo que no puede determinar qué procesos neuronales acompañan esos movimientos ni qué función cumplen.
Por qué este tipo de hallazgos importa
La pregunta de fondo es evolutiva. Si animales con sistemas nerviosos muy diferentes presentan estados de descanso con fases distinguibles, eso puede ayudar a entender si ciertos rasgos del sueño aparecieron de manera muy antigua, si evolucionaron más de una vez o si cumplen funciones similares en organismos muy distintos.
En ese sentido, las arañas saltarinas resultan especialmente útiles para investigar. Tienen ojos móviles y conductas visibles que facilitan el registro de posturas, reacciones y movimientos durante el descanso. Además, Portia fimbriata es conocida por su comportamiento de caza, lo que vuelve interesante estudiar cómo organiza sus períodos de actividad y reposo.
De todos modos, el alcance del resultado debe leerse con prudencia. El estudio no prueba que las arañas tengan sueños, imágenes mentales o experiencias comparables a las humanas. Tampoco demuestra que su fase similar al REM tenga el mismo origen evolutivo que el REM de los vertebrados.
Lo que sí muestra es que el sueño, incluso en animales pequeños y muy alejados de nosotros en el árbol evolutivo, puede ser más estructurado de lo que se pensaba. Y esa idea abre una vía de investigación valiosa: entender el descanso no como un fenómeno exclusivo de organismos complejos, sino como una función biológica extendida, diversa y todavía llena de preguntas.