La historia de Colón había quedado marcada para siempre el 17 de octubre de 2015, cuando enfrentó a Terrel Williams en Fairfax, Virginia. Aquella noche, el joven puertorriqueño llegó al ring invicto, con un impresionante récord de 16 victorias y 12 nocauts y un futuro que parecía enorme.
Pero durante el combate recibió varios golpes ilegales en la parte posterior de la cabeza, conocidos en el boxeo como “golpes de conejo”. Las consecuencias fueron devastadoras.
Colón sufrió un hematoma subdural que le provocó lesiones cerebrales irreversibles. Fue derribado dos veces en el octavo round y, poco después, su estado de salud se deterioró hasta quedar en coma.
El exboxeador permaneció 211 días en estado de coma en un hospital de Atlanta. Cuando finalmente despertó, su vida había cambiado para siempre.
Las secuelas neurológicas y motoras fueron gravísimas. El joven que había llegado al boxeo profesional con el sueño de convertirse en campeón quedó postrado y pasó más de una década en silla de ruedas.
Desde entonces, su madre, Nieves Meléndez, estuvo a su lado durante años, cuidándolo prácticamente las 24 horas y acompañándolo en diferentes terapias con la esperanza de conseguir alguna mejoría.
Mientras su familia luchaba puertas adentro, el caso de Colón generó conmoción en todo el mundo del boxeo. Su nombre quedó asociado a una de las historias más dolorosas de este deporte y también impulsó cambios para intentar evitar que una tragedia similar volviera a repetirse.
Un año después de aquel combate, la Comisión Mundial de Boxeo (WBC) creó una regla bautizada “Prichard Colón”, destinada a reforzar la prohibición de los golpes dirigidos a la nuca y la parte posterior de la cabeza.
Además, Colón recibió el reconocimiento de campeón honorario del WBC y el cinturón verde y oro que había soñado conseguir desde sus primeros pasos en el mundo de los guantes.
Su carrera había quedado truncada aquella noche de 2015. Tenía talento, estaba invicto y soñaba con llegar a lo más alto, pero un combate terminó convirtiéndose en una tragedia que se extendió durante más de diez años.
Ahora, a los 33 años, Prichard Colón murió dejando atrás una historia que conmocionó al boxeo y que volvió a poner sobre la mesa los enormes riesgos de los golpes en el ring.
Su padre, al comunicar la noticia, pidió acompañamiento y oraciones para toda la familia. El sueño del campeón nunca llegó a cumplirse como él imaginaba, pero su nombre quedó para siempre ligado a una lucha que trascendió el deporte.