El camino inverso: los jóvenes que convencieron a sus padres para que estén a favor de la legalización del aborto
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El camino inverso: los jóvenes que convencieron a sus padres para que estén a favor de la legalización del aborto

El proyecto de legalización del aborto despertó en muchos el instinto de luchar por lo que creen que es correcto. Jóvenes y adolescentes se hicieron bandera de esta premisa y salieron, en muchos casos, por primera vez a la calle a marchar por el objetivo: lograr que el aborto legal, seguro y gratuito sea ley. Pero puertas adentro de sus casas tenían otra lucha: la opinión contraria de sus padres.

“La revolución de les hijes”, como llamaron a esos jóvenes que se pusieron el pañuelo verde como bandera de lucha, adquirió más sentido en el seno familiar en donde -como buenos revolucionarios- se opusieron a sus padres y lograron hacerlos entender el objetivo de su pelea. Con eso lograron, a base de fundamentos, revertir sus posturas.

Entre estos casos está el de Damián, un joven de 18 años oriundo de Olavarría. Sus padres, de 44 y 45 años, estaban en contra de la legalización: “Pensaban que el aborto se realizaba en cualquier etapa del embarazo, que era algo horrible, usaban el típico argumento 'que se cuiden' si 'regalan forros por todos lados'”, indicó Damián a A24.com

Damián entendió que había mucha desinformación al respecto y comenzó a investigar. En esa búsqueda decidió asistir a una marcha, su primera vez en la calle. Allí le brindaron más datos: “Me informé un montón y me ayudó a explicarles a mis padres un poco mejor cómo era el tema”, explicó.

Entonces, Damián pudo hablar con sus padres y logró que entendieran el proyecto. “Gran parte del cambio de idea fue gracias a que me escucharon”, dice. “Lo que cuentan ahora es que si sale la ley tiene que cambiar mucho el sistema de salud y tiene que haber gente capacitada para realizar un aborto. Para mi que piensen eso ya es un logro enorme. Ya no dan los mismos argumentos que una persona en contra y tampoco dicen cosas que no tienen sentido”, agregó con orgullo.

Tamara tiene 26 años y cuenta que en su casa las cosas fueron un poco distintas. “Mis padres son divorciados: papá (57 años) ya estaba a favor pero con mi mamá (54) fue un debate más largo y profundo. Un año y medio de hablar casi diario”, contó sobre la ardua tarea que le llevó hacerle entender su postura a su madre, una pastora auxiliar de una iglesia evangélica.

“Ella pensaba que se trataba del asesinato de una vida y que facilitar la práctica era un error, que el embarazo era fruto de la irresponsabilidad de las mujeres. Los debates iniciaron con la explicación de las consignas de la campaña, además de falta de educación, anticonceptivos y la necesidad de la legalización para evitar las muertes por abortos clandestinos”.

Tamara se llenó de paciencia, buscó las palabras correctas, la mejor forma de comunicarse con su madre, de no enfrentar, de hacerla entender. La joven cree que lo logró todo eso gracias a las herramientas que le dieron desde su espacio de militancia "Juntas y a la Izquierda" y el MST.

“Claramente ambas fuimos conociéndonos cada vez más en el proceso. Nos conocimos, nos comprendimos, fuimos sanando, y ahora nos acompañamos desde nuestros espacios. Mi mamá ahora está a favor de la despenalización y legalización, porque entiende la urgencia y necesidad de la ley”, concluyó.

Las conversaciones con su madre continuaron y empezaron a cambiar el rumbo: “Fueron girando en torno a lo que maternidad representaba para la sociedad y para ella. La obligatoriedad de serlo, el destino inexorable, la falta de autonomía, la falta de decisión sobre el propio cuerpo. Y finalmente, la posibilidad de identificar el deseo. Qué quiero para mí más allá de lo que la sociedad espera y demanda”, relató.

Florencia Estefanía Alcaraz tiene 24 años y tuvo un camino un poco más largo. La joven se crío en el seno de una familia católica del interior del país. “A mi hermano y a mi nos criaron bajo costumbres católicas. Además somos oriundos de San Luis, que de por sí alberga a una sociedad bastante cerrada: fuimos toda la vida a colegios religiosos y, si bien no éramos católicos estrictos u ortodoxos, tratábamos de ir todos los domingos a misa".

"Mis viejos (de 51 y 56 años) se criaron con la idea obstinada de que hay vida desde la concepción, y que esa vida tiene derechos. Yo los culpo porque, bueno, es un ideal que iba con la época”.

La joven aseguró que durante su crecimiento fue conociendo distintos puntos de vista. “Me fui planteando dudas con respecto al tema religioso y sobretodo acerca del aborto, algo muy tabú. Por supuesto que en los colegios católicos se abordaba y se aborda aún de una manera terrible y desinformativa pero -en ese entonces- las fuentes informativas no eran tan confiables e internet no era el boom que es hoy así que me mantuve al margen por mucho tiempo”, relató.

Al terminar el colegio, Florencia partió rumbo a Córdoba para estudiar Medicina y eso le abrió la cabeza. “Salí a la calle y vi la situación sanitaria con mis propios ojos. Estando de guardia vi como llegaban pacientes de 15 años con hemorragias por abortos inducidos y se iban detenidas, vi como se nos escapaban pacientes que temían ser denunciadas por la institución.

Cuando presencié esas situaciones decidí que no me podía mantener más al margen y que lo que antes tomaba como una 'liviana decisión personal' ahora era una deuda sanitaria del Estado para con las ciudadanas. Me aterró ver cómo las estadísticas nos mostraban un alarmante índice de mortalidad materna en crecimiento. Me pareció un desastre y como agente de salud me frustró muchísimo”, indicó.

“Comencé militando de a poco, primero me informé bien, hablé con profesores, con médicos, con ginecólogos, me leí pilas de libros, me comí papers con estadísticas de otros países para comparar y aprendí a buscar bien la información correspondiente por internet para tener una base sólida", agregó.

Sin embargo, a Florencia todavía le faltaba la charla más importante: con sus padres. “Mis viejos son empleados, mi papá trabaja en una obra social así que está en contacto permanente con médicos pero jamás habló de este tema. La primera vez que estuve en una guardia ginecológica y nos cayó una chica con una hemorragia sospechosa por aborto inducido, que se nos escapó en un descuido  porque tenía miedo a que la denunciemos. Cuestión que la chica se fue, estaba grave, no la pudimos atender y me quedé perpleja ante esa situación. Salí de la guardia muy angustiada y se lo conté a mi papá, él me dijo: 'bueno hija así es la vida, como profesional te vas a tener que enfrentar a muchas situaciones así'.

Recuerdo que me enojé porque se supone que así no debería ser la vida, ni la de esa chica que no pudo recibir un tratamiento adecuado y quedó a su suerte. Después en persona -ya amigados- le conté muchas cosas del sistema de salud que me frustraban”, dice

“Cuando uno es estudiante y está apasionado por algo, como yo con mi carrera, el resto lo nota y mis viejos notaban lo mucho que me enojaba y angustiaba que el sistema excluyera a tantos pacientes. Creo que eso los hizo reflexionar sobre sus posturas y cambiar. Mis papás no son militantes super activos que van a las marchas. Pero, por lo menos ahora, se sustentan en evidencia científica comprobable y entienden que las mujeres no somos máquinas de parir, que tenemos derechos y que el sistema sanitario tiene que hacer algo al respecto para que nos dejemos de morir en silencio y en la clandestinidad”, relata Florencia y agrega: “No es fácil hablar de este tema con alguien que se crió en otra época y con otros ideales. Hay que tener paciencia y ganas de explicar y de escuchar. Es difícil y es un proceso largo pero al final vale la pena”.