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Infectados y aislados: cómo es vivir encerrado en una habitación de hospital por el coronavirus y casi sin contacto humano

Infectados y aislados: cómo es vivir encerrado en una habitación de hospital por el coronavirus y casi sin contacto humano
Una cama de la unidad de cuidados intensivos del hospital móvil de la Fuerza Aérea en Buenos Aires, Argentina. (AP / Víctor R. Caivano)

No saben cómo pasó, tomaron todos los recaudos y el virus igual se coló en sus cuerpos. ¿Fue el billete de $100 que le dieron en la verdulería? ¿Fue la cajera del supermercado? ¿Fue un colega en el trabajo? Capaz el botón del ascensor es culpable. Jamás pensaron que iban a terminar aislados en una habitación sanitaria, casi sin contacto humano y acompañados solo de sus pensamientos. Seis argentinos infectados hablaron con A24.com y contaron cómo fue transitar hasta 14 días encerrados por el coronavirus.

Una tos sospechosa y una febrícula fue el comienzo del cambio radical en las vidas de Mariana, Juan Pablo, Delia, Roberto, Ignacio y Florencia, quienes pasaron a encolumnar la lista de infectados que el Reporte del Ministerio de Salud de la Nación difunde diariamente. Son números de carne y hueso afectados por ese virus que viajó desde China hasta los confines de la Argentina, del país oriental a la región más austral.

Florencia es instrumentadora quirúrgica en San Martín y presume que se contagió en el sanatorio donde trabaja. Su historia comenzó con leves dolores de cabeza, tos y fiebre. “El viernes llamé al 148, me pasaron a buscar con una ambulancia y me hicieron el hisopado. Volví a mi casa a esperar los resultados. El lunes me informaron que era positivo y me llevaron a la clínica”, explica.

Jamás se olvidará de su primer día como paciente con coronavirus. “Las enfermeras tenían miedo, no querían entrar para traerme algo, y se me partía la cabeza de dolor”, dice. El test rápido mostró que estaba infectada y la trasladaron al Club Vilo en Vicente López.

Es muy triste estar solo y aislado. Podemos hablar con nuestras familias con la tecnología, pero estar solo es muy difícil. Este virus no lo tengo en la piel, pero todos tienen miedo, no quieren tenernos cerca, se alejan como tres metros”, confiesa Florencia. “No viene nadie a vernos”, agrega.

Todas las instituciones sanitarias del país aplican el protocolo de la Organización Mundial de la Salud (OMS): total aislamiento del paciente. El mismo enfermo debe tomarse la temperatura, controlar sus niveles de oxígeno y, en algunos casos, hasta higienizar su espacio de residencia.

La comunicación con las enfermeras es netamente por teléfono: pueden ser llamadas o simplemente por Whatsapp. El médico a cargo del paciente pasa sólo una vez al día para hacer un chequeo general.

Delia y Roberto son los compañeros de pasillo, están en la habitación contigua a la de Florencia. Ella tiene 59 años, él 62; ambos son hipertensos. Delia cree que se contagió en el centro de salud donde trabaja como administrativa y que su marido se infectó por ella.

Cuando llegaron a la clínica con sospecha de COVID-19 fueron inmediatamente aislados. “No me querían dejar ir al baño, me sentí como una leprosa. Me indicaban no tocar nada, ni paredes, ni el ascensor”, señala. “Nos sentimos como conejillos de India, es una experiencia horrible”, lamenta.

Si bien Delia reconoce el buen trato de las enfermeras voluntarias y de los médicos, insiste con que “podría estar haciendo la cuarentena en mi casa”. “Una terapeuta nos llama para darnos apoyo psicológico, pero tengo una gran tristeza, no sabés para dónde puede disparar la cabeza”, detalla. Su estadía se vio complejizada por un desperfecto que la tuvo varios días sin agua caliente.

El pedido general de todos los pacientes es el mismo, ¿cuándo me harán el nuevo hisopado? Ese pequeño palito con algodón puede ser el boleto de regreso a casa. Si da negativo, los infectados pueden retornar a sus hogares a la espera del test final: el resultado del Instituto Malbrán.

Una sospecha que terminó en neumonía

No sé cómo me contagié. No estuve en contacto con extranjeros, al menos no de forma consciente. Cuando me dieron el positivo me sentí tonto, no sé por qué me dio culpa”, confiesa Juan Pablo, un diseñador gráfico de 47 años, sin antecedentes médicos, que vive en Núñez.

“Tuve síntomas el día que el Presidente dictó la cuarentena obligatoria: dolores en el cuerpo, bastante tos y menos de 38° de fiebre. Llamé y me dijeron que vaya al Hospital Alemán. Me fui en bicicleta y un policía no me dejaba llegar, aunque estaba a sólo 3 cuadras, no me creía. Estaba obsesionado con llamar a un fiscal que no atendía y me retuvo 2 horas. Finalmente me escoltaron al hospital”, dice entre risas y todavía enojado.

Varios días después le comunicaron el resultado positivo. “Quedé shockeado, pensaba en mis papás que había visto unos días antes”, declara. “Los médicos -un clínico o un infectólogo- venían todos los días y me explicaban todo. Cuando se iban desechaban el camisolín, el cubre cabezas, los guantes, etc. Pensaba que cada visita era un gasto enorme”, explica Juan Pablo.

A mí no me afectaba estar solo -trabajaba con mi computadora y hablaba con mi familia por teléfono y videollamadas-, pero sé que a otras personas sí, sobre todo las personas grandes que no tienen la facilidad de la tecnología. La gente viene con la cara tapada y no te ubicás, les preguntaba si eran los mismos que ayer. Hasta que no lo vivís no te das cuenta”, completa.

Hoy de alta, Juan Pablo se convirtió en uno de los tantos argentinos que donó su plasma para ayudar a otros pacientes con coronavirus.

Contagio dentro de un country de Pilar

Mariana tiene 35 años y vive en Manzanares con su marido y 3 hijos. Cada vez que iba al mercado tomaba todos los recaudos indicados: uso de alcohol en gel, limpieza de llaves, billetera y auto; llegar a casa y quitarse todo lo puesto. Ella cree que su marido, quien salió algunas veces para trabajar, la contagió y que él fue asintomático.

“Empecé sólo con tos y no le di mucha bola. Fueron varias noches enteras sin dormir, me daban arcadas, me dolía la espalda, el pecho, la panza. Hablé por zoom con una médica clínica del Austral. Me indicó que si tenía fiebre o alteración respiratoria, vaya a la guardia. Yo no quería ir por miedo a contagiarme de coronavirus, pensé, ‘ni loca’. Pero a los diez días de mi primera fiebre sentí agitación y tenía 37 y medio de fiebre”, narra Mariana, quien recuerda como su hijo de 10 años la había alertado si no tenía COVID cada vez que tosía.

En la guardia le hicieron un test: fue positivo. La pasaron a una habitación y emplearon el protocolo de aislamiento. Como era un caso leve únicamente le daban paracetamol.

La comida me la daban afuera y siempre poniéndome el barbijo. Las enfermeras me controlaban llamándome y yo me tomaba la fiebre. Una vez al día venía el médico que sí entraba. Me auscultaba, me tomaba la fiebre y me preguntaba cosas. Las enfermeras limpiaban el cuarto todas tapadas, y antes de salir tenían que hacer un proceso para sacarse todo, todos los días”, indica.

Mariana no fue dada de alta, pero la dejaron irse a su casa con “condiciones rigurosas”: estar sola en una habitación con baño y mantenerse a 2 metros de cualquier familiar. La llaman casi todos los días para registrar su evolución y el sábado le realizaron el segundo test. “Desde que empezó esto ya pasaron más de 20 días y me dijeron que puede tardar un mes en desaparecer”, explica.

“Me preocupé por mis papás que viven en el mismo barrio y les llevaba las cosas. La gente piensa que si tenés coronavirus te vas a morir y no es así”, concluye.

El calvario de un médico infectado

Ignacio es un cirujano plástico de 32 años que sufrió en carne propia la deshumanización que puede traer aparejado el aislamiento por coronavirus. “El 22 de marzo tuve una guardia. A los dos días me enteré que dos compañeras dieron positivo. Yo ya había tenido un episodio febril, falta de aire, tos y dolor de cuerpo, y había empezado el protocolo de aislamiento”, explica.

Tras mantenerse 7 u 8 días solo en su casa, Ignacio decidió ir a una importante clínica porteña para corroborar el diagnóstico que presumía. Un colega le dijo que le iban a hacer el hisopado y enviarlo de regreso a su hogar. Nada más lejos, allí comenzó lo que él denomina “la guardia del terror”.

“Fui y les expliqué todo. Una enfermera dijo ‘aléjense todos’, me tiró un barbijo y me dijo ‘sacate ese y ponete este y date vuelta’. Me lo puse como en penitencia, en una esquinita. En admisión un señor me dijo ‘metete en el G’ y lo hice. Era una sala de observación, pero la sentí como una sala de confinamiento, sin ventanas”, relata.

Soy diabético y no me había llevado la insulina. Esperé en la habitación 3 horas, pero no venía nadie”, dice. Finalmente llegó un médico y le explicó que necesitaba de manera urgente inyectarse. Le pidió agua, ya que tenía el azúcar muy alto.

“Me pidió mi celular y empezó a preguntarme datos epidemiológicos: nombre y apellido de las personas con las que estuve en contacto; lugar donde me contagié, cuándo fue la última vez que viste a tal y tal. No me preguntaba cómo me sentía, era una cuestión policíaca, parecía que me preguntaban quiénes fueron mis secuaces”, confiesa.

De ahí en más, Ignacio sufrió más de 10 horas de soledad. Le sacaron sangre, pero no llegaban ni el agua ni la insulina. La comida llegó gracias a que se asomó por la puerta de la habitación y le pidió ayuda a un enfermero.

“En los resultados me dio un rango de cetoacidosis de 300. A los pacientes que llegan con eso a la guardia lo conectan a una bomba de insulina. El médico me dijo que me tenía que quedar por eso. Y le dije que me estaba cargando, porque ya le había avisado que iba a pasar eso”, replica. Ignacio se quería ir o ser derivado a otro sanatorio, pero el médico terapista de turno lo amenazó: “Si te vas te clavo una denuncia”.

“La internación no fue muy diferente cuando me pasaron a una habitación, lo bueno es que tenía tele y ventana. Limpiaban la habitación cada dos días y los camareros entraban la comida, todos con barbijo. Enfermería me llamaba para controlar mis signos vitales. Una médica pasaba todas las mañanas para ver cómo estaba”, señala.

Su expareja, también doctora, se escabulló para darle ropa y unos chocolates. “Esos 10 segundos, su saludo y sonrisa fue lo que mantuvo toda la internación”, confiesa. Tras conseguir que el sector de infectología le realice un nuevo hisopado, Ignacio pudo volver a su casa.

"La parte médica tenía un pánico tremendo. El trato en la guardia fue deplorable. Esto no se le hace a nadie. No demandé un trato preferencial, demandé un trato humano. Estar del otro lado me sirvió ver lo importante que es el trato a los pacientes. Una sonrisa detrás del barbijo te marca la diferencia”, concluye.

por Jesica Mihelj
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