La postergación de lo satisfactorio, el surgimiento de esta amenaza real, se materializa como una posible dificultad que atenta contra las metas anheladas. Esta sensación de injusticia lo lleva a correr riesgos que puedan exponerlos e incluso exponer a sus familiares y allegados.
Inconscientemente, el objetivo de obtener una rutina cargada de acciones que nos alejen de la sensación de muerte permite evitar la ansiedad producida por la inevitabilidad de la muerte. Eludirla haciendo todo lo que sea necesario y que me mantenga con vida.
Reconocer el peligro para proteger a los otros
Dejar de percibir a la muerte como un tabú, nombrarla por lo que es sin eufemismos. Aceptar nuestra condición de mortales implica reconocer como inevitable nuestra mortalidad para así poder actuar por consecuencia, pensando no sólo en nuestras propias acciones sino en las consecuencias que puede implicar la no continuidad de la vida del otro.
Si bien aprendemos de la felicidad, también lo hacemos del sufrimiento ante una pérdida. Esa sensación de vacío no se presenta anticipadamente y deja huella. Es así como nuestra construcción sobre ella se lleva a cabo mediante la ausencia de otro significativo.
La necesidad de recuperar el tiempo perdido plantea un desafío que atenta contra la vida de nuestros vulnerables, no dejemos de cuidarnos, pero no corramos riesgos. Si debemos enfrentar una pérdida, que no sea la de los afectos.
Proyectar a futuro
Orientar nuestras acciones pensando en nuestro futuro permite reflexionar sobre nuestras decisiones actuales y sus posibles consecuencias. No minimicemos los cuidados preventivos y sus implicancias. Que la postergación de un encuentro familiar hoy permita un abrazo mañana.
*El Licenciado Federico Toledo es el responsable de la Licenciatura en Psicología de la UADE.