Lo curioso es que muchas de estas advertencias sobre los "excesos" de lectura estaban dirigidas a las mujeres. Las novelas románticas, los folletines, los diarios populares: todo era considerado “poco serio” y potencialmente desestabilizador. Las lectoras eran vistas como susceptibles a dejarse llevar por fantasías, a cuestionar roles tradicionales, a distraerse de sus verdaderas funciones en la sociedad.
Ha pasado el tiempo, más de un siglo de aquel diagnóstico equivocado. La lectura "como una droga cultural" es hoy fomentada como medicina contra la distracción digital. Donde antes se alertaba sobre una generación intoxicada de letras, hoy se multiplican las campañas que buscan devolver a los jóvenes el hábito de la lectura como si fuera una especie en peligro de extinción.
¿Qué nos dice esto sobre los miedos de cada época? Tal vez que cada generación tiene su propio demonio tecnológico, su propio objeto de placer culpable. Ayer eran los libros, el cine, la televisión; hoy, los algoritmos.
Sobre hábitos peligrosos y diagnósticos apresurados, quizás queda aferrarse a una de las frases del texto original: leer sin criterio puede ser "poco productivo" y que la información "sin filtro" puede ser peligrosa. Aquí sí pudo haber algo de acertado.