Hace pocos años, un importante matutino porteño publicó un reportaje a un coronel del ejército norteamericano.
Hace pocos años, un importante matutino porteño publicó un reportaje a un coronel del ejército norteamericano.
Tenía 76 años de edad, su nombre, Paul Tibbets. Estaba su foto en el diario.
Rostro normal, alto, cabellos blancos, con anteojos.
¿Saben quién es Paul Tibbets? Pues el ser humano que arrojó la primera bomba atómica sobre una ciudad.
El hombre que contribuyó decisivamente a borrar del mapa, casi totalmente, en un minuto escaso, una ciudad japonesa –Hiroshima- que contaba con casi un millón de habitantes.
Tibbets, era en ese momento un joven piloto, con el grado de Mayor de la fuerza aérea norteamericana, que había realizado durante la guerra, más de cuarenta misiones sobre Alemania, regresando siempre, luego de cumplir su objetivo.
Piloteaba un bombardero B-29.
Tenía fama de valiente y de hombre muy reservado.
Un día recibe un telegrama de su jefe para que se presente en la base aérea.
Decía:
-Ud. ha sido designado Comandante del Supersecreto Grupo 509 de la fuerza aérea de los EE.UU.. En pocos días recibirá otras órdenes. A partir de este telegrama debe guardar la más absoluta reserva. Cualquier imprudencia suya en ese sentido será sancionada con el máximo rigor. Y nada más.
El futuro Cnel. Tibbets –él no lo sabía aún- había sido designado para accionar el mecanismo que arrojaría la primera bomba atómica en la historia del hombre.
En un lugar del Estado de Nueva Méjico, denominado Los Álamos, el gobierno norteamericano había reunido a un grupo de científicos eminentes en un área cercada totalmente y vigilada día y noche por efectivos del ejército.
Y ¡qué paradoja!
Los sabios sabían claramente que estaban buscando la creación de una bomba atómica para uso industrial y también bélico.
Pero no se les dijo que el propósito era arrojarla sobre una población civil.
Y otra curiosidad.
Entre los científicos realizadores del proyecto secreto no había ningún norteamericano. Casi todos ellos eran europeos. Había algunos alemanes, que habían huido o que fueron expulsados por oponerse políticamente al nazismo y otros, por la aberrante persecución racial.
Algunos nombres: Nils Bohr Dinamarqués, Premio Nobel de Física, Einstein y Kaus Fuch, alemanes, Enrico Fermi, italiano, Leo Szilard, húngaro.
La bomba atómica desarmada, se armaría estando ya en el aire el avión. Y fue subida a la fortaleza volante, en la isla de Tinian, en el Pacífico Sur, distante pocas horas de vuelo de Hiroshima.
El resto es conocido.
El 6 de agosto de 1945, se cumplieron ya ...... años a las 8 hs. y 14 minutos, se arrojó la bomba.
Demoró 54 segundos en explotar y otro minuto en matar cien mil personas, en su mayoría civiles.
En dos minutos, el llamado hongo atómico llegó a 30.000 metros de altura.
Leemos hoy que muchos países ya poseen bombas atómicas o bombas H. Incluido Paquistán, que tiene frontera con la India, que también la posee.
El secreto de inteligencia militar más celosamente guardado, que fue la bomba atómica, ya es conocido por miles de personas.
¿Tendrá el hombre la prudencia necesaria?.
¿Encontrarán los gobernantes la fórmula para educar, predicar el bien y la solidaridad, como una manera de armar las mentes?.
Porque armar las mentes creo que es la única forma de desarmar los brazos.
Tengo la esperanza que se logrará. Entonces podremos ser –y para siempre- la gran familia humana que soñaron los profetas de lo antigüedad.
Hagamos cada uno de nosotros nuestro pequeño aporte de amor, de comprensión, y de tolerancia.
Porque solemos estar tan empeñados en que los demás nos comprendan, que olvidamos comprender a los demás.
Porque en definitiva y aquí llega el aforismo con el que cierro esta nota con este aforismo
“La ley del más fuerte, es la negación de la ley”.
*Por José Narosky