Aquella jornada que empezó alrededor de las 12 de la noche se extendió hasta las 9 de la mañana y se transformó en lo que Luciana escribió a continuación en la siguiente columna: un espacio de horror que llevará para siempre consigo.
Recuerdo que se subían a una pared bajita que separaba la parada de la línea 41. Desde ahí gritaban los nombres de sus amigos, hermanos, hijos... Eran gritos sin rumbo, repetidos, y se perdían y volvían. Lo pienso y es como si lo viviera ahora. Se reedita. No puedo imaginar siquiera lo que ha de ser para ellos.
Hace 15 años, a las 9.30, dejaba un espacio de horror que, en parte, llevaría siempre conmigo. Después de diez horas de ver lo extremo, un colega me relevó en la masacre de Cromañón.
Habíamos llegado con mi compañero Michael pasadas las 11 de la noche. Desde la producción nos advirtieron: “Parece que hay un incendio en una bailanta, en Once. Algo chico”.
Llegamos a la zona y nos miramos incrédulos. Decenas de ambulancias, móviles de policía, carros de bomberos. Corrimos hasta la esquina nefasta. No podíamos dejar de grabar. Chicos por todos lados pedían ayuda, nos gritaban que fuéramos a sacar pibes. Sabíamos que eso era imposible: no se puede arriesgar la vida propia si no se sabe cómo, las víctimas pueden ser más aún. Pero no dejó de dolernos el pedido, que era más bien súplica.
Así vimos a un bebé, al que subían a una ambulancia. Vimos cientos de chicos que intentaban reanimar a otros tantos. Vimos a muchos, tendidos el suelo en hileras dolorosas. Todo gris y negro. Sobre el cemento caliente de aquel 30 de diciembre.