*Este texto forma parte del newsletter "Diario de la Procrastinación", de la red de newsletters de A24.com. Si te interesa recibirlo podés suscribirte acá.
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Lunes
Empieza una semana especial: voy a estar solo con Benito unos cuantos días. Repetimos como un mantra algunas frases que nos alivian: Mamá está en el avión. Mamá nos va a traer una sorpresita de Paw Patrol.
Ando por las últimas páginas de lectura de "Una casa junto al Tragadero", el mejor libro que leí en el último año.
Desde que lo empecé que merodea por todo el texto la palabra “cachiveo”, algo que por contexto entiendo que es una especie de barcaza que usa el protagonista para cruzar de un lado al otro del río (del río Tragadero).
Cada vez que la leo pienso en buscar la palabra en el diccionario (quiero decir, en Google), pero no lo hago. Y cada vez que me vuelve a aparecer esta palabra salta como un alarma (y una culpa y un mandato) de no haber ido al diccionario a buscar el significado exacto.
Pero sucede algo extraño y paradójico: a medida que la voy encontrando es cada vez más rotundo el significado que le asigné a la palabra en función de su uso en la novela. Y al mismo tiempo, cuanto más lo repito más se desdibuja el significado. Cachiveo. Cachiveo. Cachiveo. Cachiveo.
Martes
Leo una nota escrita en el celular de una sola palabra: “enero”. No sé qué quise decir pero la ratifico. Enero.
Miércoles
Escucho en Aspen un tema de Michael Jackson. Creo que es la primera vez que sucede después de haber visto el documental en el que dos de sus víctimas relatan los abusos que sufrieron.
Pensé que me iba a costar más volver a mover la patita con Michael pero la cosa fluye. Sus canciones son obras maestras el siglo XX, una verdad tan rotunda como que el documental es demoledor.
Vi solo la primera parte (de dos horas), un poco por el asunto de la procrastinación y la falta de tiempo y otro poco porque me parece demasiado cuatro horas sobre un mismo tema. ¿Qué tanto más se puede decir? Además creo que es un gesto un poco arrogante del director ¿Acaso no pudo editar todo el material que tenía y necesitaba dos horas más para hablar de la pedofilia?
Jueves
Duermo solo en casa, Benito se fue con la abuela. Podría haber dormido nueve horas de corrido, pero la noche anterior y la cerveza artesanal me pasan factura.
Me toca tramitar la renovación de la licencia de conducir. Llego al lugar sin batería en el teléfono y un poco fastidioso. Para entretenerme leo los poemas que escribió un amigo, pero estoy cansado, mal dormido.
Somos un grupo de ciudadanos haciendo el mismo trámite, nuestros nombres son llamados por la pantalla para las diferentes etapas: foto, firma y huella, examen visual, audiometría, examen psicológico, examen médico. Los apellidos de mis compañeros se me empiezan a hacer familiares. Yo voy después de uno que se llama Gerscovichi. Dos nombres antes hay un Lucio Calderón que inexplicablemente se demora cada vez que lo llaman. A todos les invento una vida, entre la fantasía y el prejuicio.
Uno que se llama Juan Martín le hace a la chica que te saca la foto un chiste que yo también había pensado hacerle y no le hice porque me pareció desubicado. Cuando lo escucho, creo que queda como un boludo absoluto pero la chica igual se ríe y no parece tomarlo tan mal.
En el examen psicológico dibujo mal uno de los modelos que tenía que copiar. “¿Sos ansioso?”, me pregunta la psicóloga. No soy ansioso, hoy estoy ansioso, me gustaría poder decirle. Lo hice mal porque me dio paja contar las ondulaciones que tenía el dibujo.
Igual que a la chica de la foto, no le digo lo que pienso.
Salgo de la mini entrevista con la psicóloga un poco mortificado. “¿Cómo fue que no conté bien las ondulaciones del dibujito que tenía que copiar? ¿Qué me costaba hacerlo bien?”.
Al final del trámite leo los diferentes resultados de mi evaluación. En audiometría, visual y médico el tilde está en la casilla “excelente”, en la psicológica no está en “excelente” sino en la clasificación que le sigue, que es “normal”.
La primera reacción es de bronca, pero lo bueno de haber ido a terapia es que podés empezar a amigarte con las trampas del destino. Me salió que soy normal.
Viernes
Hace unos días le pregunté a un amigo psicólogo si me recomendaba retomar la terapia con la última analista que tuve (y que ahora me cobraría muy caro). Le explico que me da pereza empezar de cero con otra psicóloga y su respuesta es contundente: no empezás de cero y además no importa tu psicóloga. La eficacia es del dispositivo, no de tu analista.
Me gusta pensar así, en la terapia como un dispositivo, como si fuera un aparato o un artefacto. La terapia no es otra cosa que un decodificador.
Nos aferramos a las frases que nos hacen bien.
Volvemos de La Plata con Benito, escuchamos Calamaro para sentirnos seguros. Mamá está en el avión. Mamá nos va a traer una sorpresita de Paw Patrol.