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Intervención a Vicentin: una jugada de ajedrez para hacer pie en un negocio clave para el país

Intervención a Vicentin: una jugada de ajedrez para hacer pie en un negocio clave para el país
Una imagen área de la planta del Grupo Vicentin en Rosario (Foto: Télam).

“Salvataje”, “mayor control sobre el ingreso de divisas”, “soberanía alimentaria”, “recuperación de agenda política en medio de la pandemia”, son las principales hipótesis que tratan de explicar el desembarco del Gobierno en Vicentin.

¿Cuál es la correcta? Seguramente, no sea una sola, sino la conjunción de todas ellas que termine generando una ¿quinta posibilidad? Por lo pronto, vale la pena analizarlas por separado.

¡Salven a Vicentin!

Según el informe técnico elaborado por el ministerio de Producción, la firma tiene una deuda de unos 1.500 millones de dólares. Existen más de 2.600 acreedores y más del 50% de los pasivos corresponden al sector financiero, principalmente a la banca pública. Luego vienen productores (por la entrega de granos), cooperativas, otras firmas proveedoras de insumos y servicios, y el Estado, por deudas impositivas y aduaneras.

Claro que la suma no es menor, pero a primera vista Vicentin parece tener espaldas para enfrentarla.

De acuerdo a los propios datos oficiales, la facturación hasta 2019 excedía los 4.200 millones de dólares anuales.

Participa de casi el 10% de la exportación de granos y subproductos, y cuenta con tres plantas propias con capacidad para moler 1,4 millones de toneladas de materia prima. Incursiona en negocios como el biodiesel en conjunto con otros socios, lo que amplía su capacidad de producción.

También controla o es parte societaria de otras 20 empresas alimentarias de rubros como carnes, lácteos, vinos, entre otros. Sin olvidar, sus ramificaciones en Brasil y Paraguay.

En el sector privado, advierten que, según sus últimos balances, el valor contable de sus activos no corrientes son de unos USD 700 millones. Monto que debería revalidarse en el mercado.

Es decir, en facturación o activos, la empresa aparenta tener espaldas para enfrentar la deuda.

Desde el Gobierno aducen que no quieren su desmembramiento y, sobre todo, que buscan salvar a sus 1200 empleados. Sin embargo, con solo cortar algunos de los negocios, la firma podría salir del paso y seguir activa.

También está la opción de que sea absorbida por otra empresa; de hecho hubo varias firmas nacionales y extranjeras, que hicieron ofertas de compra.

El control de los dólares

La facturación de Vicentin por exportación de 2019 representa aproximadamente el 15% de los dólares ingresados al país en ese año. Eso no significa que haya tenido esa participación en lo efectivamente depositado en el Banco Central. Lo cierto es que el Gobierno está monitoreando los dólares que traen las cerealeras.

Según el Informe técnico, “existe una disminución el valor de la liquidación de divisas, tanto en 2015 como en 2020, que no se explicaría según los guarismos de cada cosecha y que debería investigarse si se trata de maniobras especulativas”.

Sobre este tema, vale decir que las autoridades están muy encima de exportadoras, siguiendo lo que venden afuera y los dólares que terminan ingresando. Claro que pude haber maniobras, pero sobre un porcentaje bajo de su facturación.

Es decir, el control de Vicentin no parece significar un gran salto cuantitativo en el manejo de divisas.

Soberanía alimentaria

Tal vez el mayor eslogan de esta expropiación sea el alcanzar un Estado que juegue fuerte en el acceso a los alimentos. Nada más alejado de las opciones que representa Vicentin.

Volviendo al informe técnico, sus datos indican que el 85% de la facturación de la compañía proviene de exportación de granos y subproductos. Es decir, la empresa compra granos, a veces los exporta sin procesar y en su gran mayoría los muele y exporta harina y aceites. El consumo interno está muy alejado del corazón del negocio de Vicentin.

Es verdad, lo dijimos, cuenta con participación en el negocio de la carne, aceites y lácteos para el mercado interno, pero en esos rubros no es formador de precios.

Algo que sí podría hacer el gobierno desde Vicentin es trabajar en el sostén de los precios de los granos. El 10% de la participación del negocio le da argumentos para ponerle piso a las cotizaciones. Difícilmente pueda generar techos (algo que también debe tranquilizar a los productores).

El punto a saber es hasta dónde puede mejorar el pago por la materia prima, sin convertirse en una empresa deficitaria.

Acá aparece una subhipótesis (Argenzuela): Vicentin sería el primer paso de una serie de intervenciones en distintas empresas. Solo el tiempo podrá confirmar o rechazar esa idea.

La política siempre está

La hipótesis política es la que termina aglutinando y justificando todas las anteriores: retomar el control de una agenda íntegramente abocada a la pandemia.

La estatización de Vicentin tiene épica peronista, aggiornada al siglo XXI:

  • El Estado controlando un gran jugador del negocio, pero a través de una empresa pública. Una fórmula progresista que puede codearse con lo más encumbrado del establishment empresarial argentino. YPF es un ejemplo de esta idea.
  • Sin llegar a ser la Junta Nacional de Granos, es una forma de contar con una empresa “testigo” (palabra de Alberto) en el comercio agropecuario, algo reclamado por muchos sectores de la coalición de gobierno.
  • Se le pone freno a “grandes empresas transnacionales” que, de quedarse con Vicentin, concentrarían más el negocio granario (así piensan muchos en el Gobierno).

Finalmente, la quinta hipótesis, hija de todas las anteriores: el 8 de junio nació el Albertismo.

La estatización de Vicentin parece ser la respuesta del Presidente al pedido de los sectores más duros del kirchnerismo que reclamaban esta acción como piedra fundacional de un Estado más igualitario y anticorporaciones.

Alberto tomó la idea, pero le puso su impronta. Que sus conductores sean el ministro de la Producción, Matías Kulfas, y Gabriel Delgado (el frustrado ministro de Agricultura), parece ser una señal clara puertas adentro, de que quiere ser único protagonista de la agenda poscoronavirus.

por Marcos Lopez Arriazu
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