¿Y entonces qué pasó en el segundo tiempo? Quizás algo que veamos más adelante, en alguna serie del futuro, una arenga o un mensaje de tranquilidad que llegó desde el cuerpo técnico. Una combinación de fiereza para disputar la pelota, movilidad de los de arriba y paciencia para esperar lo inevitable. De Paul fue el abanderado de ese cambio, pero también Otamendi jugó con la intensidad que supo tener el equipo durante su invicto.
Seguían sin aparecer las chances claras, pero sí una sensación de gol inminente y un momento extraño que cambió la ecuación: Montiel empezó a transmitir indicaciones, lo mismo que el preparador físico del equipo (a quien le conocimos la cara), que se caminó toda la cancha para decirle la fórmula de la Coca Coca a Acuña y los muchachos de la banda izquierda.
Un pase filtrado de Di María al medio encontró a Messi con unos metros de libertad, de frente al arco. Y llegó lo inevitable. Gol de Messi (golazo, otro más), grito con desahogo, llanto contenido en el banco de Aimar y Scaloni.
Una idea que debería instalarse: los cambios no como un castigo para el que jugó mal, sino para revitalizar al equipo, como cuando en el rugby se cambia a toda la primera línea para que el scrum vuelva a tener fuerza. No vamos a tener una formación inicial de memoria (con algunas excepciones, desde ya), pero los ingresos de varios jugadores en buen nivel deberían ayudar a darle otra vida al equipo: Julián Alvarez, Enzo Fernández, Exequiel Palacios, pero también los que ya salieron antes, Paredes para controlar la pelota, Cuti Romero para reforzar la defensa, Tagliafico para aguantar el desgaste de Acuña. Un equipo más grande.
Por supuesto que es toda letra chica si el miércoles hay una mala noche contra Polonia. Pero hay algo bueno: ya lo ensayamos todos y no pasó, nos amigamos con el dolor, practicamos el duelo y seguimos adelante.