Un secuestro y un trágico final: qué le pasó a Axel Blumberg
Axel Blumberg tenía 23 años, cuando fue secuestrado la noche del 17 de marzo de 2004 en Martínez. Esa noche, estacionó su Renault Clio verde a pocos metros de la casa de su novia, con quien planeaba ir al cine. Mientras bajaba, fue interceptado por los hermanos José y Carlos Díaz, subido al automóvil del jefe de la banda, Diego Peralta, y trasladado a una casilla en Moreno.
Al otro día, su familia recibió el llamado de los captores, quienes reclamaban 50 mil pesos. El 22 de marzo, su padre, Juan Carlos Blumberg, arregló con los secuestradores encontrarse en una estación de servicio de General Pacheco. Iba a entregar 14.500 pesos, pero la transacción no pudo hacerse porque la banda fue interceptada por la policía. Escaparon a los tiros por la Panamericana.
Axel Blumberg estuvo casi seis días en cautiverio, hasta que logró escapar y corrió por un descampado de la localidad con los ojos vendados. "¡Se escapa el gato! ¡Se escapa el gato!", gritó uno de los secuestradores, cuando advirtió que el joven se había bajado del baúl del Fiat Uno en el que lo habían encerrado.
En esos pocos minutos de libertad, el estudiante de Ingeniería gritó y pidió auxilio en una casa vecina. Sin embargo, nadie lo escuchó. Poco después, los secuestradores lo recapturaron sobre la calle Einstein casi esquina Canadá. Ahí mismo le pegaron un tiro en la sien y abandonaron su cuerpo.
Además de Carlos y "El Negro" Díaz, fueron condenados y continúan presos Martín "El Oso" Peralta (40), jefe de la banda, quien también cumple prisión perpetua; y Sergio Damián Miño (34), que era menor de edad al momento del crimen y fue sentenciado a 18 años de cárcel.
El brutal asesinato de Axel Blumberg se convirtió en un caso emblemático. Por entonces, las marchas para reclamar justicia frente a Tribunales y al Congreso fueron multitudinarias. "Hoy Axel es el hijo de todos", decía su papá en el escenario y más de 100 mil personas lo seguían en cada una de las convocatorias. Juan Carlos logró, además, ser recibido por las máximas autoridades del poder político, que reconocían a la inseguridad como un problema público.