“Todo fue porque hubo un faltante de tres kilos de cocaína. Se supo desde un principio y ese es el móvil del crimen”, insistió González Prieto en una entrevista radial. Y agregó: “El robo es a alguien que está por arriba de Pequeño J, una organización que tiene base en Trujillo, Perú, con ramificaciones directas en el Conurbano”.
La versión coincide con lo que en su momento trascendió de fuentes judiciales y policiales: el triple femicidio no fue un hecho aislado ni producto de un arrebato de violencia, sino el desenlace de una interna narco donde las víctimas quedaron en el medio de un ajuste de cuentas despiadado.
La confirmación del móvil narco no solo aclara la hipótesis central de la causa, sino que también permite entender cómo se organizaron las fugas y movimientos posteriores de los principales sospechosos.
Uno de los detalles más reveladores que aportó González Prieto es la reconstrucción del escape de Matías Ozorio, señalado como la mano derecha de Pequeño J.
“Ozorio, apenas se comete el crimen, se va de la Argentina. Fue el sábado o domingo. Se va con alguien de la misma banda, cruzan la frontera, se cree que por Jujuy, entraron por Bolivia y caminaron por un desierto hasta Perú”, relató.
Este testimonio muestra que la organización narco tenía estructuras logísticas para sacar a sus miembros rápidamente del país, con rutas ya establecidas hacia Bolivia y Perú, destinos habituales para bandas que manejan cargamentos de cocaína.
La fuga de Pequeño J fue todavía más compleja. Según reconstruyó González Prieto, el líder narco permaneció algunos días más en Argentina, ocultándose en diferentes casas de la zona noroeste del Conurbano.
“La última vez estuvo en José C. Paz, donde le dieron una suma importante de dinero y luego desaparece. Cruzó a Bolivia y después a Perú. Ese día salió el alerta de Interpol”, detalló.
La maniobra muestra cómo Pequeño J contaba con una red de protección local, integrada por colaboradores que le facilitaban dinero, transporte y refugio. Esta estructura le permitió mantenerse prófugo varios días mientras buscaba la manera de salir del país sin ser detectado.
Finalmente, su nombre apareció en los registros de Interpol, lo que elevó la alerta a nivel internacional y obligó a reforzar los operativos de búsqueda en la región.
Uno de los puntos más llamativos de la investigación es lo que sucedió con Matías Ozorio, la mano derecha de Pequeño J.
De acuerdo con la reconstrucción periodística, Ozorio logró escapar de los integrantes de la organización en pleno trayecto hacia Perú. Fue en ese momento cuando comenzó a contactarse directamente con Pequeño J, quien todavía estaba dentro de la Argentina.
Este episodio revela dos cuestiones centrales:
-
La fragilidad de las lealtades dentro de la organización narco, donde la presión policial y el temor a represalias pueden derivar en traiciones.
La importancia de Ozorio como pieza clave en la trama del triple femicidio, ya que sus movimientos posteriores podrían aportar información decisiva para reconstruir la mecánica del crimen.
Uno de los aspectos más delicados de la investigación es el señalamiento sobre la participación de una adolescente de 15 años y la hermana de una de las víctimas.
Según González Prieto, ellas serían las responsables de haber generado el faltante de droga que desató el conflicto con la banda narco.
Aunque la Justicia todavía no avanzó de manera definitiva sobre esta línea, la hipótesis instala un debate preocupante: la utilización de menores de edad en las redes del narcotráfico.
Los investigadores creen que las adolescentes habrían tenido contacto directo con los cargamentos, posiblemente como parte de la logística interna, y que ese vínculo habría terminado en un error fatal o en un acto deliberado de apropiación.
El triple femicidio de Florencio Varela no solo es un caso criminal de impacto mediático, sino también una radiografía de las dinámicas del narcotráfico en el Conurbano bonaerense.
En este escenario aparecen:
-
Jóvenes cooptados por organizaciones criminales, utilizados como “soldaditos” o intermediarios en el manejo de droga.
Barras bravas y grupos armados que sirven como brazo de violencia para los líderes narco.
Conexiones internacionales, en este caso con bandas de Perú, que operan con naturalidad en la frontera norte y logran abastecer de droga a gran parte del país.
El caso de Varela se suma a una lista creciente de episodios donde las disputas narco se cobran la vida de adolescentes y mujeres jóvenes, expuestas a una violencia sistemática y extrema.
Con las declaraciones periodísticas y las pruebas recogidas en los últimos días, la Justicia avanza en el cierre de la hipótesis del robo de droga como móvil del crimen.
Los fiscales esperan ahora nuevas pericias sobre los teléfonos secuestrados a los detenidos, que podrían revelar conversaciones claves. Al mismo tiempo, trabajan con Interpol y autoridades peruanas para seguir el rastro de Pequeño J y Ozorio en territorio extranjero.
No se descarta que en los próximos días se liberen nuevas órdenes de captura sobre personas vinculadas a la organización narco, que habrían colaborado en la fuga o brindado apoyo logístico en Argentina.