Historias

Un infierno bajo tierra: cómo fue la tragedia de los 14 mineros de Río Turbio

El 14 de junio de 2004 un incendio provocó un derrumbe en el Complejo Minero Río Turbio. Decenas de hombres quedaron atrapados. Uno de ellos, Rosario Gaitán, logró sobrevivir y cuenta su historia.
Ayelén Bonino
por Ayelén Bonino |
La entrada a la mina de Río Turbio

La entrada a la mina de Río Turbio, pocos días después del incendio. 

El 14 de junio de 2004, el interior del Complejo Minero Río Turbio, ubicado en la provincia de Santa Cruz, se convirtió en una trampa mortal. Todo comenzó con un chispazo en uno de los rodillos de la cinta transportadora de la mina 5. Después vino el fuego y, por último, el desprendimiento de las vigas de madera que enmarcaban las paredes. El incendio derivó en un derrumbe y solo algunos trabajadores lograron escapar.

Ese día, a Rosario “El Gato” Gaitán le tocaba el turno de 22 a 6 de la mañana. En comunicación con A24.com, cuenta que, como lo hacía desde los 19 años, llegó a la empresa, marcó su tarjeta de ingreso, fue a su casillero y retiró su lámpara. Afuera, lo esperaba un camión para trasladarlo a él y a otros 49 compañeros al interior de la mina de carbón. Una vez dentro, Ingresaron a su sector, la unión número 19, retiraron sus herramientas y Silverio Méndez, uno de sus compañeros, se le acercó.

—Che, me enteré que hay un principio de incendio. No sé si es en la unión 9 o en la 14 ¡Vamos a ver, Gato!

—Esperemos un ratito y después te acompaño, le respondió Gaitán.

El minero explica que el complejo hoy sigue funcionando y que es como una ciudad bajo tierra: tiene galerías de transporte por donde se sacan los materiales al exterior, y una galería principal por donde entran y salen los colectivos y camiones. “Por eso, siempre se tiene que andar de a dos personas, para no correr riesgo”, detalla a este portal.

Cerca de las 22.30 de ese fatídico día, un llamado telefónico alertó al encargado. Debido al incendio, le avisaban que tenía que evacuar a todo el personal. Los 50 hombres se desplazaron con urgencia por los 300 metros que los separaban de la galería principal. Se reunieron, contaron a todos y subieron con rapidez al camión que los había traído.

Debían recorrer dos kilómetros para alcanzar el exterior, pero un humo tóxico invadió en minutos el lugar y, en plena subida, el vehículo comenzó a perder potencia. “La falta de oxígeno por el incendio no dejaba al motor seguir”, sostiene Gaitán. El nerviosismo comenzó a crecer y la poca visibilidad llevó a que el conductor chocara contra un arco de hierro a la altura de la Unión 12. Los hombres debían seguir a pie, aunque el humo nos les permitía respirar.

Un grito en la oscuridad

“Imaginate, era un túnel todo cerrado. No se veía ya ni con la lámpara y eso que alumbraba bien. No se podía respirar y algunos compañeros se caían. Lo mejor era sentarte y después pararte y pisar bien para poder caminar”, afirma el minero. En el largo tramo que les faltaba hasta la salida, Gaitán recuerda que los hombres gemían en busca de aire y tanteaban con sus manos la oscuridad.

“En un momento, me tropecé con un compañero y caímos al suelo. Me dijo: ‘Gato, seguí vos porque si no vas a ser uno más de los que se queden acá’. Hasta el día de hoy no sé quién es”, reflexiona en relación a la oscuridad. Metros más adelante y ya sin aire, volvió a caer por segunda vez. En ese instante, —recuerda— escuchó a alguien que gritaba a lo lejos: “¡Compañeros, en esta tenemos que ganar, metámosle fuerza que ya queda poco! ¡Vamos a ganar, como otras veces!”.

Según Gaitán, ese “otras veces” hacía referencia a las incontables protestas y reclamos que habían realizado con sus compañeros durante esos años debido a las malas condiciones laborales. En rigor, la mina tenía un largo historial de vaciamiento. Había sido concesionada durante el gobierno de Carlos Menem con el nombre de Yacimientos Carboníferos de Río Turbio SA y tenía decenas de denuncias de desinversión y falta de control.

Al escuchar ese grito tuve una sensación. Pensé en la virgen de Santa Bárbara, la patrona de los mineros, y caminé y corrí. Fui el anteúltimo en salir”, detalla. Fue, en realidad, el minero número 35 de los 36 que ese día lograron escapar por esa salida.

Afuera, las dos ambulancias que se encontraban estacionadas en caso de emergencia no funcionaban. Fueron los mismos mineros los que llamaron por un teléfono cercano para que los trasladaran a los hospitales de Río Turbio y de San Lucas, una localidad vecina. Llegaron intoxicados con monóxido de carbono y agotados físicamente. Adentro de la mina, habían quedado atrapados 14 trabajadores.

Mineros de Río Turbio: un rescate imposible

Al conocerse la noticia, el entonces intendente local, Matías Mazú, decretó el estado de emergencia y se conformó un comité de crisis para llevar a cabo el rescate. Estaba integrado por bomberos, personal de Defensa Civil, de la Policía, y de Gendarmería. Según los medios de la época, al lugar llegó también un contingente de médicos de Río Gallegos y una veintena de socorristas que comenzaron la lucha contra el fuego.

Sin embargo, la angustia fue creciendo con los días ante la imposibilidad de controlar el incendio. Alrededor de la mina, se apostaron los parientes de los hombres atrapados, que presenciaban con desesperación las tareas. También, se hizo presente el entonces gobernador santacruceño, Sergio Acevedo, el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, y, días después, el entonces presidente, Néstor Kirchner.

Los restos de los mineros Miguel Cardozo y Julio Alvarez fueron los primeros en ser hallados, a unos 5500 metros del lugar conocido como Chifón 7, uno de los extremos. Más tarde fueron encontrados el cadáver de José Alvarado Díaz y el de José Hernández Zambrano. Silverio Méndez también fue uno de los que falleció.

Tardaron siete días en sacar la totalidad de los 14 cuerpos. “Estaban tan descompuestos que los reconocían por el número de la lámpara que tenían. Por las galerías y la entrada principal no se podía entrar porque el fuego estaba ahí. Tuvieron que poner unos ventiladores, como extractores gigantes, para sacar los gases de la mina. Dos galerías fueron selladas para que no entre el aire", recuerda Gaitán.

Los funerales de los trabajadores fueron masivos. Los presentes entonaron para los fallecidos una canción de la zona que suelen cantar los mineros. “¡A ver si se saca el sombrero señor que va a pasar un obrero! ¡A ver si se saca el sombrero señor que va a pasar un minero! El hombre que partió el silencio en el sur, el hombre que fundó mi pueblo”, reza la estrofa principal.