El hecho de que la economía es el más profundo y persistente problema político del país queda demostrado en el notable desinfle de la conmoción generada por el intento de asesinar a CFK. Hace apenas un mes, todo pareció haberse congelado en la foto de esa pistola casi contra el rostro de la titular del Senado.
Cuatro semanas después, el editorial del diario La Nación sugiriendo que la tentativa de magnicidio fue una farsa funcionó como un cierre brutal de un clima de prudencia que jamás logró imponerse del todo.
Llamó la atención que Sergio Massa se pusiera al frente de la confrontación con los huelguistas del neumático, responsabilizándolos por eventuales despidos a mansalva y amenazando con abrir importaciones y liberar miles de cubiertas de contrabando retenidas en la Aduana. Lo hizo días después de que Cristina, aprovechando su alegato en el Caso Vialidad, dijera que “los gobiernos peronistas no reprimimos las luchas populares”. Y horas antes de que el citado Pablo Moyano -que estuvo a punto de dar el portazo en la CGT- apareciera, ya oficialmente, como mediador del conflicto.
El escenario vuelve a estar abierto. La calma, en la Argentina, dura menos que la plata. Queda el último recurso de San Messi.