La entrada y salida de moderadores, que en muchos casos no sabían cuál era su rol, solo empastó el debate. La ausencia de público en el estudio, los planos de cámara fijos y la oscuridad de la iluminación (pretendiendo darle mayor solemnidad) terminaron de ensombrecer el panorama. Tampoco se permitió la inclusión de soportes gráficos para que los candidatos ilustraran sus propuestas o críticas. Apenas Matías Tombolini se animó a mostrar una vela; ¿será penalizado por eso?
Por último, los actores ayudaron, con su discurso, a la pobre puesta: salvo el candidato de izquierda, el resto parecía estar leyendo o haber memorizado su libreto. No hacía falta más que eso en un formato que no permitía sorpresa ni desequilibrios, que es la esencia de cualquier debate. La única disrupción se daba cuando sonaba la chicarra y cerraban los micrófonos sin siquiera un segundo más para cerrar una idea.
Hubo propuestas. No es poco. Pero el debate también debe tener como objetivo acercar a la ciudadanía a la discusión de los asuntos públicos, como sostiene Sidney Kraus, uno de los máximos expertos en debates de los Estados Unidos. Para eso hace falta también un poco de show.
Horacio Rodríguez Larreta necesitaba que este debate pasara sin pena ni gloria; no puede arriesgar un solo voto que lo aleje del 50% que necesita para ser reelecto en primera vuelta. Como predica Durán Barba, la idea de los debates es hacer tiempo y dejarlos pasar. Este debate fue hecho a su medida. Se llevó un empate que para él es una victoria.