Lo que sí parece claro que el escenario tuvo dos protagonistas principales, Mauricio Macri y Alberto Fernández. Roberto Lavagna, el tercero en discordia, no logró aprovechar la oportunidad de romper la grieta. “Hay un una polarización que sigue vigente”, decía él mismo anoche.
En tanto, Gomez Centurión, Del Caño y Espert, no fueron capaces de evitar aparecer como simples actores de reparto, hablando para sus estrechas clientelas.
Del mismo modo, llama la atención que Cristina Kirchner resultó escasamente aludida. Como se dice popularmente, la sacó barata.
También es curioso que los problemas de la coyuntura económica, como el nivel de reservas del Banco Central y la polémica estrategia del gobierno para evitar la quiebra final del país, pasaron casi desapercibidos.
El debate económico estuvo minado por los lugares comunes y el escaso tiempo de exposición. Ninguno de los candidatos derrocharon segundos en explicar claramente cómo es que piensan hacer para resolver los problemas profundos de la sociedad.
Fernández exhibió la decisión de atacar primero, al tratar de mentiroso a Macri ya en sus palabras de apertura.
Macri llamó la atención por lo mucho que tardó en decir lo que supuestamente no estaba dispuesto a callar como argumento: “el kirchnerismo no cambió”.
La debilidad de ambos pudo haber sido no lograr sacar una ventaja clara. Para definirlo en términos futbolísticos, ambos trataron de ir al ataque sin desacomodarse en defensa.
Y hay que decir que eso puede ser un buen negocio para el candidato del Frente de Todos, quien llegará al 27 de octubre con la amplia ventaja acumulada en las PASO.
Macri, independientemente de que sus asesores se ocuparon anoche de afirmar que salió bien parado, tendrá la obligación de romper la monotonía en el debate final, el próximo domingo.