Visto hoy, hay un "hilo fantasma" que une a Menem con Alberto Fernández. Como aquel, este presidente busca ser el conductor de un peronismo amplio, de corte conciliador, respetuoso de las diferencias, republicano hasta donde se pueda, abierto al periodismo y disponible para el veredicto ciudadano, del mismo modo que intenta, en esa misma tradición y con los matices lógicos, afianzarse como un peronista popular sin romper los puentes con el establishment.
Quizás ahí esté el eslabón que los enlaza. Menem entendió -equivocadamente- que el mercado, en su autorregulación y con sus propias reglas, podía sacar a los argentinos de la pobreza. Y este presidente, que viene de esa misma escuela, también se define como un "hombre del capitalismo", aunque ya haya comprendido el rol del Estado como árbitro en la economía global.
Durante su primer mandato, Cristina Kirchner también hablaba de un "capitalismo social e inclusivo". ¿Es un oxímoron? La diferencia entre la experiencia liberal de los ‘90 y la intervención del kirchnerismo post 2001 demuestra que ambos se referían a dos capitalismos distintos, pero capitalismo al fin.
Menem ya es historia y será el peronista que vino de la tierra roja para convocar a los trabajadores y traicionar su legado. El de las patillas de caudillo y el saco amarillo con los Rolling Stones. El presidente que sufrió la persecución de la dictadura y terminó celebrando las privatizaciones con champagne en el estudio de Bernardo Neustadt. En ese sentido, fue un fiel exponente de su tiempo. Ahora la Casa Rosada le debe su busto.