La venta de churros y la oportunidad de conocer Buenos Aires
La docena costaba 9.000 pesos. Y él salía a ofrecerla donde hubiera una oportunidad.
Vendió en la escuela, en el barrio, en las ferias y también en el club Banco Nación, donde practica futsal. Los sábados y domingos eran jornadas de trabajo, muchas veces en la cancha de fútbol de su escuela. A cada venta le seguía una cuenta: cuánto había juntado y cuánto faltaba para llegar al objetivo.
“Salía a vender churros por distintos lugares: mi barrio, el club, la escuela y donde tuviera la oportunidad. Iba recorriendo y preguntando quién quería comprar. A veces me pedían bastante, otras veces no vendía nada, pero no bajaba los brazos porque tenía muy claro lo que quería: cumplir mi sueño de viajar a Buenos Aires”, relata.
La felicidad de los estudiantes y de Benja en particular al llegar a CABA.
“También aprovechaba cada vez que iba a algún lugar para llevar churros y ofrecerlos. De a poco fui juntando la plata hasta que logré reunir todo lo que necesitaba para hacer el viaje. Lo que más me gustó de esta experiencia fue comprobar que, con esfuerzo y trabajo, todo se puede. Aprendí que, aunque a veces las cosas parezcan difíciles, si uno se propone algo y no se rinde, puede conseguirlo”, agrega.
En total consiguió vender 180 docenas de churros. También sumó la comercialización de perfuminas para acercarse todavía más a los casi 500.000 pesos que necesitaba.
El abrazo de Benjamín a su profesora Ivana al llegar a la cancha de Boca.
Su mamá, Cintia Quiroga, siguió de cerca cada paso de esa pequeña gran empresa familiar. "Contaba el dinero y se iba acercando todos los días a los 500 mil pesos que costaba todo en total. Nosotros siempre le hemos inculcado el trabajo y él, en particular, es un chico inquieto, persistente, tenaz. Le va muy bien en la escuela", contó.
Benja tiene 4 hermanos más y siempre trabaja con su papá
Cintia trabaja como empleada doméstica y su marido realiza tareas de metalurgia y carpintería. Benjamín es uno de los cinco hijos del matrimonio. Sus hermanos son Agustín, de 24 años; Franco, de 19; Santino, de 13, y Ema, la más pequeña, de 7.
"Es el que más ayuda a su papá con los distintos trabajos", contó su mamá, orgullosa de esa actitud que conoce desde siempre. Porque si algo caracteriza a Benja, además de su fanatismo por Boca, es que no suele quedarse quieto cuando quiere conseguir algo.
Junto a su familia numerosa. Benja es el primero desde la izquierda.
La escuela también fue parte fundamental de esta historia. La iniciativa del viaje fue impulsada por una de sus profesoras, Ivana Morelatto, quien ya había sido protagonista de una historia publicada por Diario UNO: fue una de las docentes finalistas del concurso nacional "Docentes que inspiran".
Para Benjamín, aquel viaje significaba mucho más que conocer otra ciudad. Era la primera vez que iba a volar, la primera vez que visitaba Buenos Aires y la oportunidad de descubrir lugares que hasta entonces había visto solamente en fotografías o por televisión.
Y finalmente llegó el día.
La felicidad de los estudiantes, que recorrieron varios lugares icónicos de CABA.
Cuando estuvo frente a la Bombonera, la emoción pudo más que cualquier otra cosa. El chico que había pasado tantos fines de semana ofreciendo churros para reunir el dinero necesario estaba ahí, en la entrada del estadio que tanto había soñado conocer. Se abrazó con su profesora. Había llegado.
La cancha de Boca y el sueño del pibe
Después vinieron los recorridos, los lugares emblemáticos y las experiencias compartidas con sus compañeros. Pero para él había un momento que quedaría guardado para siempre: estar en la cancha de Boca.
Al regresar, Benjamín quiso contar su experiencia con sus propias palabras. No habló de sacrificio como una obligación ni de trabajo como una carga. Habló de ilusión, de esfuerzo y de una meta que parecía difícil, pero que terminó alcanzando.
"Conocer Buenos Aires y la Bombonera era mi sueño", dijo Benja.
"Al principio no fue fácil, porque había que ponerle muchas ganas, dedicarle tiempo y esfuerzo para poder lograr el objetivo que tenía: viajar a Buenos Aires. Vendía con mucha ilusión, sabiendo que todo ese esfuerzo iba a valer la pena", relató.
Y agregó: "Gracias a eso pude cumplir mi sueño de viajar a Buenos Aires y vivir una experiencia muy hermosa que no me voy a olvidar jamás en la vida".
Benjamín tiene 16 años, va a la escuela, juega al futsal y sigue siendo ese chico inquieto que siempre encuentra algo para hacer. Pero ahora tiene una historia propia para contar: la de las 180 docenas de churros que lo llevaron por primera vez a Buenos Aires y, sobre todo, hasta la Bombonera.
Porque hay viajes que empiezan mucho antes de subir a un avión. El de Benja empezó con un taper lleno de churros, unos guantes, muchas ganas de trabajar y un sueño que no estaba dispuesto a dejar pasar.