“Para mí estábamos destinados a encontrarnos y a terminar juntos”, confesó. Sin embargo, conquistarla no fue sencillo: Giordano necesitó casi tres años para ganarse su corazón. “Yo estaba que no quería saber nada de nada”, recordó entre risas.
Con el paso del tiempo, aquella insistencia dio lugar a una relación que Romina describía como compañera, divertida y llena de proyectos compartidos. Uno de los aspectos que más valoraba era la libertad que él le daba para crecer profesionalmente, sin intentar limitarla.
“No es un tipo que me ponga una pata encima”, explicó. Y puso como ejemplo la reacción de su marido cuando le surgían nuevas oportunidades laborales: “Me llamaron para tal cosa”, le decía ella, y él la alentaba a avanzar.
La actriz recordó que, cuando preparaba una obra de teatro, Giordano se ofreció a acompañarla e incluso a producirla. “Es súper compañero”, resumió.
También destacó el humor que compartían y las ganas de estar juntos. “Nos divertimos mucho juntos, tenemos mucho humor, nos extrañamos mucho, nos gusta mucho estar juntos, somos bastante pegotes”, contó.
Las palabras de Romina cobran hoy una dimensión especial al recordar su historia. La actriz murió el 28 de septiembre de 2010, a los 36 años, y dejó tres hijos junto a Giordano: Franco, Valentín y Azul.
Años después, su familia volvió a quedar en el centro de la atención mediática luego de que Valentín Yankelevich relatara públicamente las dolorosas situaciones de violencia que, según su testimonio, sufrió por parte de su padre contra él y su hermano cuando apenas erna unos niños. Golpes, insultos y hasta los hizo pasar hambre.
El joven también contó que su abuelo, Gustavo Yankelevich, intervino para llevarlo a él y a su hermano Franco a vivir con él tras la muerte de su madre.
Por su parte, Darío Giordano volvió a casarse en 2014 con la chef Milen Algañarás, con quien tuvo otro hijo. En ese contexto, las declaraciones de Romina sobre el amor, la complicidad y el apoyo que encontraba en su marido volvieron a despertar interés por una historia que ella misma definía como un encuentro destinado a suceder.