La tercera etapa estuvo marcada por la llegada de componentes electrónicos y por la competencia creciente de los videojuegos, sobre todo desde los años 70. Hoy, ese proceso derivó en un cuarto momento: el juguete sigue siendo físico, pero está cada vez más atravesado por lo digital. No necesariamente porque tenga una pantalla incorporada, sino porque se vuelve tendencia, circula en redes, se conecta con películas, series, plataformas de streaming o universos coleccionables.
Juguetes virales, coleccionables y consumidores “kidult”
La reinvención actual no depende solo del precio o del material. También exige leer nuevos códigos culturales. Productos como los Labubu o los Squishies muestran una lógica muy propia de esta época: son objetos tangibles, pero su popularidad se potencia online. Se muestran, se recomiendan, se coleccionan y se transforman en parte de una conversación digital.
A ese escenario se suma el consumidor “kidult”, una categoría que identifica a adultos que compran juguetes por placer, recuerdo o afán de colección. Ese público, que antes podía parecer marginal, hoy sostiene una porción de la demanda y empuja a las marcas a pensar productos con capas de lectura distintas: para chicos, pero también para grandes que crecieron vinculados a ciertos personajes, formatos o estéticas.
Cómo se fabrica hoy un juguete argentino
La cadena de valor del juguete local abarca diseño, desarrollo, fabricación, empaque y marketing. Según la CAIJ, la estructura es 99% nacional, aunque todavía se importan algunos componentes más complejos, como motores eléctricos, placas electrónicas, pilas y sistemas de sonido.
La mayoría de los insumos plásticos, metálicos, textiles y de papel proviene de proveedores del país. Además, el 85% de la producción nacional está hecha en plástico, con tecnologías como inyección, soplado y rotomoldeo, procesos que permiten moldear piezas con precisión para fabricar desde muñecos hasta vehículos o juegos de encastre.
Furio señala que buena parte de la maquinaria moderna se incorporó desde la posconvertibilidad, lo que ayudó a automatizar etapas y mejorar la competitividad. Sin embargo, el armado y el empaque siguen teniendo un componente manual importante, algo que mantiene al sector como una actividad intensiva en empleo.
La seguridad es otro eje. Los productos pueden certificarse en el laboratorio de la CAIJ para obtener el sello “Juguete Seguro”, que evalúa materiales, terminaciones y condiciones de uso de acuerdo con la edad recomendada. También hay vínculos con espacios académicos como la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU), orientados al diseño y desarrollo de productos.
El entramado productivo reúne a unas 170 pymes familiares. En los últimos años incorporaron tecnología, aunque el contexto actual muestra una caída en el uso de la capacidad instalada: hoy opera en torno al 30%, frente al 65% registrado en 2023. En ese marco, la pelea por la atención infantil se vuelve también una disputa por sostener industria local.
El valor del juego físico en tiempos de pantallas
La pregunta de fondo no es si las pantallas llegaron para quedarse, sino qué lugar queda para el juego con objetos concretos. Desde la CAIJ advierten que el juguete físico viene perdiendo espacio en la rutina cotidiana de los chicos frente a los dispositivos digitales, con efectos sobre sus formas de jugar, vincularse y explorar.
Por eso, la reinvención del sector no apunta a negar lo digital, sino a integrarlo sin que el juguete pierda su función central: invitar a tocar, construir, imaginar, compartir y crear escenas propias. En una infancia cada vez más mediada por algoritmos y tendencias virales, ese parece ser el gran desafío de la industria: seguir siendo relevante sin dejar de ser juego.