Pero hay un detalle que puede convertir la madrugada en un verdadero espectáculo: durante el máximo, la Luna no desaparecerá por completo. En lugar de quedar totalmente oscura, buena parte de su superficie permanecerá visible y podrá adquirir distintas tonalidades rojizas.
¿Por qué ocurre esto? La explicación está en la propia atmósfera terrestre. Cuando la Tierra se interpone entre el Sol y la Luna, parte de la luz solar atraviesa nuestra atmósfera antes de alcanzar el satélite. En ese recorrido, las ondas azules se dispersan con mayor facilidad y predominan los tonos rojos y naranjas, que terminan proyectándose sobre la superficie lunar.
El resultado es una Luna que puede pasar de su brillo habitual a una apariencia rojiza, cobriza e incluso anaranjada, dependiendo de las condiciones de la atmósfera terrestre.
El fenómeno tendrá además una duración considerable: todo el proceso se extenderá durante unas cinco horas y 38 minutos, desde el comienzo de la fase penumbral hasta su final. Sin embargo, no todas las etapas serán igual de impactantes. El cambio más evidente llegará cuando la umbra empiece a avanzar sobre el disco lunar.
Para quienes quieran disfrutarlo al máximo, los especialistas recomiendan buscar un horizonte despejado y un sitio con poca contaminación lumínica. Una terraza, una plaza, un espacio abierto o una zona elevada pueden convertirse en buenos puntos de observación. Los binoculares o un telescopio permitirán apreciar más detalles, aunque no son indispensables.
Y Buenos Aires tendrá un atractivo adicional. El Planetario Galileo Galilei planea realizar una actividad gratuita durante la noche del 27 de agosto, con telescopios y propuestas para observar el fenómeno, siempre sujeto a las condiciones meteorológicas.
La expectativa estará puesta especialmente en esos minutos alrededor del máximo. Porque aunque técnicamente se trate de un eclipse parcial, la enorme porción de la Luna que quedará sumergida en la sombra terrestre hará que la postal sea mucho más cercana a la de un eclipse total.
Una noche, una Luna casi completamente cubierta y un cielo que podría teñirse de rojo: agosto se despedirá con uno de esos fenómenos que obligan a mirar hacia arriba.