De todos modos, los colores no son una regla universal. Hay productos con otros tonos o con niveles de abrasividad distintos. La referencia más segura es mirar la etiqueta del fabricante y, cuando se trate de una superficie delicada, probar primero en una zona pequeña y poco visible.
El error más común: usar la parte áspera para todo
Una costumbre frecuente es recurrir directamente al lado rugoso para acelerar el lavado. El problema es que esa práctica puede dañar materiales sensibles. Superficies antiadherentes, esmaltadas, pintadas, pulidas o fácilmente rayables pueden perder su terminación si se frotan con una fibra demasiado agresiva.
Una regla sencilla es empezar siempre por el lado suave y subir la intensidad solo si hace falta. Si la suciedad está muy pegada, conviene dejar la pieza en remojo con agua y detergente antes de frotar. Muchas veces, ese paso reduce la necesidad de aplicar fuerza y evita desgastes innecesarios.
También es importante no usar la misma esponja para cualquier tarea sin criterio. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos advierte que los microorganismos pueden moverse por distintas superficies de la cocina, como mesadas, utensilios, esponjas y alimentos. Por eso, después de manipular carnes, aves, pescados o huevos crudos, se recomienda lavar con agua caliente y jabón los elementos que estuvieron en contacto antes de usarlos con alimentos listos para consumir.
Cómo mantenerla limpia y cuándo cambiarla
Después de cada uso, la esponja debería enjuagarse bien para retirar restos de comida y detergente. Luego conviene escurrirla y dejarla en un lugar ventilado, donde pueda secarse. Guardarla empapada o apoyada en una zona húmeda favorece la permanencia de residuos orgánicos.
La Universidad de Minnesota señala que las esponjas pueden tardar en secarse y que ese ambiente húmedo favorece la presencia de microorganismos como Salmonella y Escherichia coli. Por eso, la limpieza de la esponja no debe pensarse como un detalle menor, sino como parte de la higiene general de la cocina.
Sanitizarla puede ayudar a reducir la carga de microorganismos, siempre que el método sea compatible con el material y se respeten las indicaciones de seguridad del producto. Sin embargo, desinfectar no reemplaza el recambio. Cuando la esponja está gastada, deformada, conserva olor o fue usada para limpiar una contaminación puntual, lo más prudente es descartarla.
Como orientación general, la Universidad de Minnesota recomienda reemplazar la esponja cada una o dos semanas. Para derrames vinculados con alimentos crudos, una alternativa más segura es usar papel descartable y tirarlo después. Así se evita que la esponja absorba residuos que después podrían trasladarse a platos, mesadas o utensilios limpios.
La clave, entonces, está en combinar tres hábitos simples: elegir el lado correcto según la superficie, mantener la esponja seca y limpia, y cambiarla con frecuencia. Un objeto cotidiano puede hacer una gran diferencia cuando se usa con criterio.