Los historiadores suelen situar el origen más conocido de esta superstición en la antigua Roma. Los romanos asociaban el número siete con ciclos de renovación y transformación en la vida humana.
Según esta creencia, romper un espejo dañaba simbólicamente la imagen o la esencia de una persona. Como la renovación se completaba cada siete años, se pensaba que el infortunio provocado por ese acto se extendería durante todo ese período.
Con el paso de los siglos, esta explicación se transmitió de generación en generación hasta convertirse en una de las supersticiones más arraigadas de la cultura popular.
Los costosos espejos venecianos
La tradición ganó fuerza en Europa durante los siglos XV y XVI. En aquella época, los espejos fabricados en Venecia eran auténticos artículos de lujo y estaban al alcance de muy pocas personas.
Su elaboración requería técnicas complejas y materiales costosos, por lo que romper uno representaba una pérdida económica considerable. Algunos historiadores consideran que esta realidad ayudó a reforzar el temor a dañarlos y favoreció la permanencia de las creencias asociadas a estos objetos.
Los "rituales" para evitar la mala suerte de romper el espejo
La difusión de esta superstición dio lugar a distintas prácticas destinadas a neutralizar sus supuestos efectos. Entre las más conocidas se encontraban enterrar los fragmentos del espejo roto o deshacerse de ellos mediante rituales considerados simbólicamente purificadores.
Aunque no existe evidencia de que romper un espejo altere la suerte de una persona, la superstición continúa vigente y sigue siendo una de las creencias populares más extendidas del mundo.